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Áreas protegidas al servicio de la humanidad y de la naturaleza | OPINIÓN

  • Un nuevo estudio ha descubierto que vivir cerca de un área protegida en un país en desarrollo disminuye la pobreza y mejora la salud infantil.
  • Este artí­culo es parte de "Salvar la vida en la tierra: palabras sobre la naturaleza", columna mensual de Jeremy Hance, uno de los primeros redactores de Mongabay.

Imagina por un momento un mundo sin parques nacionales. El Parque Nacional de Yellowstone no es más que una combinación de ganaderos y comunidades cerradas para la gente rica que disfruta con las vistas vacías. El bisonte americano está extinto y no hay lobos merodeando por ninguna parte en los Estados Unidos continentales. El Parque Nacional del Manu, en la Amazonía peruana, fue talado hace décadas y las comunidades indígenas que vivían en el área están todas muertas. La migración del Serengueti fue frenada por las carreteras, los trenes, el crecimiento urbano, la agricultura y la caza; para los 80 solo quedaban algunos ñus cojeando por los llanos agitados. El último león del Serengueti murió antes del nuevo milenio. El Parque Nacional Jim Corbett en India solo son campos de agricultura marginal: hace tiempo que los tigres desaparecieron. De hecho, en este universo hipotético, los tigres en libertad se extinguieron por completo en los 90, ¡pero todavía se pueden ver en los circos!

Sin parques nacionales, y por extensión, cualquier variedad de área protegida, la temperatura de nuestro planeta sería aún más caliente de lo que es ahora y habríamos perdido miles, quizás cientos de miles, de especies que aún se encuentran en la Tierra. Las zonas protegidas siguen siendo nuestra mejor herramienta contra las extinciones masivas y la degradación ambiental. También se les tiene muchísimo aprecio: un estudio en 2015 descubrió que las áreas naturales protegidas reciben 8 mil millones de visitas al año, una cifra más alta que la población total de humanos en la Tierra. Los investigadores calculan que esto podría generar 600 mil millones de dólares al año (aunque las naciones solo invierten 10 mil millones de dólares en la gestión de parques de forma global, una cantidad tristemente insuficiente). Según el informe Protected Planet (planeta protegido) de 2018, el 14,9 % de los territorios mundiales están protegidos y abarcan 20 millones de kilómetros cuadrados, casi dos veces el tamaño de China.

Un elefante en el Parque Nacional Kruger en Sudáfrica. Foto de: Rhett Butler/Mongabay.

¿Y qué pasa con la otra cara de la moneda? ¿Qué repercusiones económicas tienen estas áreas protegidas para los que viven cerca de ellas, sobre todo en los países más pobres y en desarrollo? Si se piensa de forma simple, uno creería que las áreas protegidas hunden la economía local, después de todo, el propósito de estos parques es apartar grandes superficies de territorio y hacerlas inaccesibles en materia de explotación económica directa.

Sin embargo, resulta que se da el efecto contrario: un nuevo estudio en Science Advances, el más amplio y profundo de este tipo, ha descubierto que las áreas protegidas proporcionan beneficios económicos y sanitarios a las poblaciones adyacentes.

Los beneficios de ser vecinos

El estudio descubrió que las áreas protegidas no solo ofrecen beneficios económicos a las comunidades locales, sino que los niños que viven cerca de estas están más sanos. Sin embargo, se daba una advertencia: esas áreas protegidas tenían que tener turismo o estar designadas como zonas de usos múltiples, lo cual significa que se permite el acceso regulado a los recursos naturales dentro del parque.

Para los que viven cerca de una reserve natural con turismo, la puntuación de riqueza subía casi en casi un 17 por ciento, y la probabilidad de estar en la pobreza caía en un 16 por ciento en comparación con los hogares rurales alejados de un parque.

Lo que quizás sea más sorprendente es que esos parques también afectaban la salud de niños de menos cinco años que vivían cerca. Los parques con turismo y acceso de usos múltiples aumentaban la puntuación de altura respecto a la edad en casi un 10 % y reducían la probabilidad de atrofia por una mala nutrición en un 13 %.

Estos resultados no son del todo sorprendentes si uno ha seguido este tipo de investigaciones en el pasado: un estudio en 2011 tuvo conclusiones similares al observar los parques de Tailandia y Costar Rica.

Sin embargo, el nuevo estudio tiene algo que las investigaciones del pasado no tenían: es increíblemente enorme. Los investigadores observaron la asombrosa cifra de más de 600 áreas protegidas en 34 países y analizaron los datos de 60 000 hogares y 87 000 niños.

Un guía de observación de aves en Papúa Occidental, Indonesia. El turismo puede llevar dinero a las comunidades locales y ofrecer un incentivo para la conservación. Foto de Rhett A. Butler/Mongabay

“Este conjunto de datos es mucho más amplio y extenso que los que se han utilizado en el pasado para abordar este tema, y además, nuestros datos se recopilaron utilizando la misma metodología”, dijo Robin Naidoo, autor principal del artículo y científico de conservación principal en WWF.

Añadió que necesitaron varios años de trabajo para completar el estudio porque hizo falta [integrar] información social y ambiental de forma rigurosa”.

Además, el estudio descubrió que aunque las zonas protegidas no tuvieran turismo ni fueran de usos múltiples, no perjudicaban económicamente a las poblaciones locales.

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“Tampoco había pruebas de ningún impacto negativo de las zonas protegidas para el bienestar animal en ninguno de nuestros escenarios”, se puede leer en el artículo.

Eso significa que, de media, no hay inconvenientes económicos en los parques, pero Naidoo señaló rápidamente que eso no descarta que en casos particulares un parque pueda ser perjudicial económicamente para los lugareños.

¿Pero por qué ofrecen beneficios tan importantes los parques? Hay algunas teorías. El turismo, por una parte, conlleva beneficios económicos directos, empleos y, habitualmente, mejores infraestructuras y más instituciones locales. Los parques de usos múltiples, por otro lado, permiten que haya acceso (en teoría sostenible) a los recursos naturales.

Además, todas las áreas protegidas tienen el potencial de generar mejor saludad ambiental y servicios ecosistémicos derivados, lo cual significa que la naturaleza que se proteja dentro del parque encontrará, por supuesto, su espacio fuera de los límites del parque: agua y aire más limpios, amortiguadores de las inundaciones, acceso a poblaciones de plantas y animales fuera de los límites del parque.

Sin embargo, hay quien dice que hay otra parte en esta historia.

Costes sin medir

A principios de junio, un leopardo del Parque Nacional Kruger en Suráfrica trepó una valla y mató a un niño que era hijo de un guardaparque local. Los funcionarios describieron el ataque como “insólito”, pero también mataron al leopardo como medida de precaución.

Nuestro planeta es complicado y tiene matices. Aunque la investigación de Naidoo arroja luz sobre los posibles beneficios de vivir cerca de áreas protegidas, no todo el mundo la toma como algo definitivo sobre el tema.

Un tigre ruge a unos turistas en un parque en India. Puede ser muy difícil vivir cerca de un tigre. Foto de Rhett Butler/Mongabay.

Niki Rust, científica socioambiental y consultora dice que los resultados del estudio son “básicamente irrelevantes” porque ignoran una cosa: el conflicto con las especies silvestres.

“No dudo que los científicos hicieran un gran trabajo con la información limitada de la que disponían y estoy de acuerdo con sus conclusiones en que, con los datos que utilizaron, a primera vista parece que las áreas protegidas no plantean desventajas económicas ni sanitarias para las comunidades que viven cerca. Sin embargo, los datos utilizados ignoran por completo el coste principal de vivir cerca de un área protegida”, dice.

Vivir al lado de la naturaleza puede ser peligroso y difícil. Los conflictos con los animales pueden ir desde la muerte por el ataque de un tigre o un león hasta el asalto a los cultivos de los monos o los pájaros.

“Existe la necesidad urgente de integrar la información del conflicto entre los humanos y los animales en estos estudios para no dar una representación errónea de lo que es vivir cerca de un área protegida”, dice Rust. “Debemos conocer el coste de lo que es realmente vivir con animales peligrosos como elefantes, leones y cocodrilos, que pueden destruir vidas y modos de subsistencia. Tenemos que recopilar datos sobre la cifra de gente ha muerto o ha recibido heridas de un animal, la cantidad de cultivos que se han comido los primates, el ganado que han matado los carnívoros y la cantidad de pozos que han destruido los elefantes”.

Rust añade que también existen otros costes menos debatidos del conflicto con los animales, como el miedo o el estrés de vivir cerca de depredadores que podrían matarte o de herbívoros peligrosos.

“Como cualquier estudio, el nuestro tiene limitaciones”, dice Drew Gerkey, coautor del artículo y profesor de antropología en el Colegio de Artes y Ciencias Liberales de la Universidad Estatal de Oregón. “Ciertamente, el conflicto entre los humanos y los animales es un impacto negativo muy real que la gente que vive cerca de áreas protegidas puede sufrir. En un mundo ideal habríamos tenido información para cada área protegida sobre la prevalencia de ese conflicto, y esta información podría haberse incluido en nuestros modelos estadísticos de la misma forma que las otras variables. Por desgracia, esta información no existe y hacer eso fue imposible”.

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Gerkey dice que no hay ningún “conjunto de datos exhaustivo” sobre el conflicto entre humanos y animales o —añadió— la gobernanza de las áreas protegidas, “que era algo que esperábamos incluir en nuestro análisis”.

No obstante, dice que cree que esta ausencia de datos no niega necesariamente los descubrimientos del estudio, ya que los resultados de menos pobreza, más riqueza y mejor salud para los niños seguirían siendo válidos.

Sin duda, también es importante recordar que el conflicto con la vida silvestre no es igual en todas partes. Puede ser muy intenso en regiones como el África subsahariana —donde hay elefantes, leones, leopardos, hipopótamos, búfalos, etc.—, pero mínimo o casi inexistente en otras partes del mundo. Por ejemplo, las zonas protegidas en América Latina y el Medio Oriente tienen muchos menos conflictos con las especies silvestres. En lugares como el Caribe, la cifra de estos conflictos es cercana a cero y las molestias más habituales las causan los jabalíes (no nativos) y algunas aves.

Una bandada de guacamayas en una piedra de sal en el Parque Nacional Manu. Foto de: Rhett A. Butler/Mongabay

Naidoo dice que cada área protegida en cada región tiene situaciones particulares que pueden hacer que “la historia” sea diferente “de los impactos de la media”. Añade que los investigadores deberían considerar crear una biblioteca de “ejemplos prácticos detallados” para que haya mayor comprensión.

La investigación también muestra que la estructura y la gestión de las áreas protegidas son vitales. En todas partes, las áreas protegidas reciben muy poca financiación y en algunas partes del mundo no son más que parques de papel. Pero invertir en turismo aporta beneficios reales a los lugareños, al igual que crear parques con al menos algunas áreas que permitan el uso múltiple de los recursos naturales.

“Debemos garantizar que los beneficios de vivir con las especies silvestres son mayores que los costes”, dice Rust, y señala a los espacios de conservación en Namibia como ejemplo de cómo la gente puede beneficiar directamente, y manejar, sus propias especies silvestres.

Naidoo, mientras tanto, dice que sus descubrimientos apoyan la idea de que las áreas protegidas cumplen con dos de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la ONU: la conservación de la vida silvestre y la reducción de la pobreza.

“Ahora tenemos pruebas numerosas que sugieren que es posible que, en efecto, estas dos cosas sucedan en conjunto”, dice.

Los investigadores llevan años defendiendo que una de nuestras herramientas más sólidas contra la extinción masiva y el cambio climático son las áreas protegidas. De hecho, en los últimos años, varios conservacionistas han hablado de Half Earth (la mitad de la Tierra), la idea de apartar la mitad del planeta como áreas protegidas de distintas categorías y zonas indígenas para evitar la extinción masiva y el colapso ecológico.

El naturalista y escritor Wallace Stegner llamó a los parques nacionales “la mejor idea” de Estados Unidos. Y aunque el país ha codificado legalmente los parques para una nueva era, la idea de “áreas protegidas” tiene, en realidad, un largo historial humano: las comunidades indígenas llevan mucho tiempo apartando territorios como “sagrados” o intocables, permitiendo la protección de la vida silvestre en esas áreas. De ciertas maneras, siempre hemos tenido “áreas protegidas”, y quizás esa sea nuestra salvación. Desde luego es, con toda su complejidad y sus retos, una de las mejores ideas de la humanidad.

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Referencia:

R. Naidoo, D. Gerkey, D. Hole, A. Pfaff, A. M. Ellis, C. D. Golden, D. Herrera, K. Johnson, M. Mulligan, T. H. Ricketts, B. Fisher. Evaluating the impacts of protected areas on human well-being across the developing world. Science Advances, 2019; 5 (4): eaav3006 DOI: 10.1126/sciadv.aav3006

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