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Úrsulo Galván: la comunidad que se organizó para revivir a sus manglares en México

Equipo de trabajo conformado por productores, instituciones de asesoría y Conafor, en el Ejido Úrsulo Galván. Foto: Cortesía Rufo Sánchez

  • El Ejido Úrsulo Galván, en el estado de Tabasco, al sureste de México, recibió el Premio Nacional al Mérito Forestal, en diciembre de 2021, por su trabajo en la preservación y conservación de manglares.
  • En un esfuerzo comunitario de más de dos décadas, han restaurado y sembrado 550 hectáreas de tres especies de manglar distintas.

Hace más de 50 años, un incendio arrasó con los manglares de una pequeña comunidad de Tabasco, al sureste de México. La pérdida del ecosistema fue ocasionada por los propios habitantes que, en la búsqueda de tortugas para su captura y venta, solían quemar la zona de mangle. Un día, el fuego se salió de control.

Josué del Ángel Selván Pérez recuerda ese episodio como una anécdota que escuchó cuando era un adolescente de 14 años. Motivado por esa historia que su abuelo le contó, Selván Pérez comenzó a buscar la manera de reforestar. Ahora es el actual presidente del comisariado del Ejido Úrsulo Galván, en el municipio Jalpa de Méndez, y uno de los principales defensores y promotores de la recuperación del ecosistema. Se trata de una misión en la que los habitantes de este ejido han trabajado por más de dos décadas.

“Desde entonces venimos reforestando y aprendiendo de la gente adulta: unos ya no están, otros siguen con nosotros alrededor. Ellos nos enseñaron que la mayor satisfacción del ser humano es servir”, cuenta.

Sitio de manglar multiespecífico ubicado en el Ejido Úrsulo Galván. Foto: Cortesía Rufo Sánchez

Desde el año 2000, el ejido comenzó a recibir algunos recursos federales que les han ayudado en su misión. Hoy pueden decir con orgullo que, en parcelas y cuerpos lagunares del ejido, han sembrado y restaurado 550 hectáreas de mangle rojo (Rizophora mangle) —en su mayoría—, además de blanco (Laguncularia racemosa) y negro (Avicennia germinans).

Por estos trabajos de restauración del hábitat, los pobladores del ejido recibieron el Premio Estatal de Ecología “José Narciso Rovirosa”, en 2016, y el Premio Nacional al Mérito Forestal, en 2021, otorgado por la Comisión Nacional Forestal (Conafor). Las dependencias reconocieron que, con su trabajo, lograron “mejorar la biodiversidad y también la conservación de las especies que se creían extintas en la zona”.

Brigada de reforestación integrada por pobladores de la comunidad. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Selván Pérez explica que “en el ejido, la gente vive de la pesca, un poco de agricultura, un poco de ganadería y la caza furtiva se eliminó en un 80 %, para especies como los quelonios —como la tortuga pochitoque (Kinosteron acutum)—, las aves y el tepezcuintle (Agouti paca). Nuestra gente entendió que debemos preservar, conservar y restaurar los manglares, porque son la fuente de vida en nuestra zona”.

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Hacer comunidad para restaurar

El Ejido Úrsulo Galván se fundó en agosto de 1975, con 33 ejidatarios a los que el Estado mexicano dotó con 1500 hectáreas que incluían humedales. Tiempo después se les autorizó y amplió a un total de 2914 hectáreas para 52 ejidatarios. Luego, compraron 23 hectáreas más con recursos propios, para hacerse de un total de 2937 hectáreas. Actualmente, hay 38 hombres y 14 mujeres ejidatarias.

A mediados de la década de los noventa, los ejidatarios ya realizaban algunos trabajos de restauración del ecosistema y trataban de concientizar a los pobladores de la zona sobre los efectos de los incendios, cuando llegó un nuevo problema. Selván Pérez cuenta que fue en esos años cuando Petróleos Mexicanos (Pemex) incursionó en la zona para instalar ductos, bordos y una carretera que interrumpieron los flujos hidrológicos, provocando inundaciones en unas zonas y sequías en otras. A lo largo de 27 hectáreas, la vegetación —que incluía manglares— murió.

Aprovechamiento de canales para el traslado de plantas de mangle en actividades de reforestación. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

“Lo que motivó a nuestra gente, en aquel entonces, fue buscar programas para reforestar y conservar”, afirma Selván Pérez. “Petróleos Mexicanos afectó con la construcción de ductos, entonces, se le obligó a dar un incentivo a la gente para reforestar y hacer canales para entrar a nuestras áreas de reforestación. Eso, sumado a los incendios, cuando la gente quemaba el manglar inconscientemente, motivaron la búsqueda de proyectos en la Comisión Nacional Forestal (Conafor) y la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat). En eso hemos incursionado del año 2000 a la fecha”.

El apoyo gubernamental que obtuvieron en ese momento a través de la Conafor, les permitió trabajar en las primeras 25 hectáreas, pero les tomó otros 16 años comenzar a recibir otras compensaciones ambientales de la misma dependencia por cambio de uso de suelo, tratamiento fitosanitario y reforestación.

Brigada de reforestación integrada por pobladores y equipo técnico. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

“Lo más importante, ha sido la unión”, afirma Selván Pérez. “En nuestra comunidad todos nos conocemos y hacemos una ardua labor, nos capacitamos y tenemos dos cooperativas pesqueras; a todos se les ha metido el chip de que no podemos destruir nuestros manglares porque nos van a hacer falta más adelante”.

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Los estudios científicos

Rufo Sánchez Hernández, investigador de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco y del Instituto Tecnológico de la Zona Olmeca, explica que, luego de los trabajos de restauración o reforestación de manglares por parte de los ejidatarios y sus familias, en cohesión comunitaria, los mangles de la zona también han empezado a crecer de manera natural.

“El conflicto con Pemex ha bajado mucho porque la gente, más bien, se adaptó a las condiciones nuevas del paisaje y hoy ya no se ven de manera tan activa esas modificaciones que se hicieron”, explica el doctor en edafología —dedicado a estudiar la composición del suelo y su relación con los seres vivos—, quien ha sido acompañante técnico de los ejidatarios.

Acompañamiento técnico por parte de universidades públicas y despachos de asistencia técnica. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Ahora se puede observar un paisaje reforestado que, anteriormente, solo contaba con vegetación hidrófita —popales, tulares y espadañales, plantas herbáceas que crecen en los humedales—, explica Sánchez Hernández. “También generamos las líneas base para ver la tasa de crecimiento de los mangles y estimar el contenido de carbono que se puede capturar”, agrega sobre los estudios que se realizan desde hace dos años para que la comunidad pueda obtener recursos internacionales por la captura de carbono azul, aquel que almacenan los ecosistemas como el manglar, los pastos marinos y marismas.

Según la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (Conabio), los manglares mexicanos representan el 6 % del total mundial y colocan al país en el cuarto lugar de los países poseedores de este ecosistema, por debajo de Indonesia, Australia y Brasil.

Además, la Conafor señala que, entre sus múltiples servicios ambientales, los manglares son refugio y zonas de alimentación para los crustáceos, son importantes para disipar la energía de las olas, controlar la erosión y amortiguar los impactos de las modificaciones en el nivel del mar, por lo que su conservación es vital como medida de adaptación al cambio climático. Aunque estos ecosistemas cubren menos del 0.5 % de la superficie marina en el mundo, capturan debajo del agua una tasa anual de dos a cuatro veces más que la de los bosques tropicales.

Establecimiento de sitios de monitoreo para el registro de la tasa de crecimiento de la reforestación de mangle en la comunidad. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Para las actividades que se realizan en el Ejido Úrsulo Galván, se ha recibido el apoyo técnico de la academia y especialistas de instituciones como la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT), el Instituto Tecnológico Superior de Comalcalco (ITSC) y el Instituto Tecnológico de la Chontalpa (Itech), en el muestreo de sustrato y de captura de carbono azul, estudios de suelo y de batimetría e hidrodinámica, dedicadas al levantamiento topográfico de terrenos cubiertos por agua y a la dinámica de fluidos, respectivamente.

También trabajan en la limpieza de canales, ríos y lagunas, colectan semillas y hacen recorridos para evitar la tala clandestina y los incendios; monitorean plagas, reforestan humedales y toman muestras en esos sitios. Además, mantienen un vivero construido por la comunidad, donde trabajan ejidatarios y ejidatarias, sus parejas, hijos y abuelos.

“Eso hace que la comunidad proteja el recurso”, agrega el especialista. “Ellos saben que el manglar vale más estando en pie, que siendo deforestado. Cada vez tienen mejores medidas de protección, por lo que la gente cada vez regresa menos a las medidas de devastación”.

Área de vivero de mangle de diferentes especies en el Ejido Úrsulo Galván. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Que los logros permanezcan

Josué Selván describe, paso a paso, el proceso para sembrar un mangle: se recolecta la semilla —o propágulo—, se lleva al vivero y se le da mantenimiento durante seis meses, hasta que alcanza los 80 centímetros de longitud. Esa planta se traslada al terreno previamente preparado, limpio y con brechas cortafuego, donde se siembra y se le da seguimiento día con día.

“Como somos una zona de un metro bajo el nivel del mar, las aguas que sueltan de las presas, aquí en Tabasco, escurren hacia nuestro ejido o igual por las lluvias, y eso mataba a la planta: la ahogaba cuando aumentaba el nivel del mar”, detalla Selván. “A raíz de eso, se empezó a reforestar pero en el vivero, con Conafor y sus capacitaciones. Ahora somos un ejido de éxito, porque se siembran las plantas con un crecimiento de 80 a 90 centímetros que, aunque el agua llegue al metro en el manglar, ya no se ahoga la planta”.

Plantas de mangle rojo listas para ser trasplantadas en el área de reforestación. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

José Frías, extensionista forestal de la Conafor, quien se dedica a implementar estrategias de acompañamiento y trabajo permanente en el proyecto para fortalecer la gestión de sus recursos forestales, sostiene que lo más valioso que ha visto en Úrsulo Galván, es cómo, desde la comunidad, se logra la continuidad de un ecosistema como herencia para las futuras generaciones.

“Damos seguimiento en campo desde que el mangle se planta, hasta que alcanza una altura de cuatro metros”, detalla Frías. “Eso indica que fue exitosa la reforestación, porque sabemos al 100 % que no se va a morir, independientemente del número de hectáreas reforestadas, esa es una garantía”.

En esas nuevas zonas de manglar, se han vuelto a ver especies que habían desaparecido —o eso se pensaba— con los incendios y la perturbación de la zona.

Reforestación de mangle de dos años de edad. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Selván cuenta que ahora han visto venado, tigrillo (Felis wiedii), armadillo (Dasypus novemeinctus) y el tepezcuintle (Agouti paca). “A raíz de la reforestación, hoy en día esas especies han regresado a nuestro ejido y es lo que hacemos ahorita: cuidar, conservar y preservar especies nativas de nuestra región”, afirma.

Además, el ejido tiene una autorización de la Semarnat para contar con una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA), para la conservación, restauración y manejo sustentable de manglar, con la que se pueden aprovechar los recursos maderables de acuerdo con un Plan de Manejo. Eso permite a los ejidatarios poder producir carbón vegetal con mínimo impacto al medio ambiente, actividad que se realiza únicamente con los restos de los manglares que mueren. 

Vías fluviales que permiten el acceso a la zona de manglares y transporte de sedimentos y nutrientes. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

Los ejidatarios de Úrsulo Galván se unieron a otros dos ejidos vecinos para crear “Amigos del Manglar”, una Sociedad de Producción Rural de Responsabilidad Limitada de Capital Variable que les permite comercializar el carbón.

“Solo se usa manglar tirado, muerto, para uso doméstico”, agrega Selván. “Ya no cortamos al árbol vivo, porque nuestra gente sabe que estamos capturando carbono en aras de recibir un incentivo por captura de carbono”.

Ahora, aquel adolescente de 14 años interesado en rescatar manglares, se ve reflejado en sus hijos, quienes también están preocupados en ser el relevo generacional de la comunidad. La tarea radica en educar a niñas, niños y jóvenes en los principios de la preservación de la vida.

Equipo de trabajo conformado por productores, instituciones de asesoría y Conafor, en el Ejido Úrsulo Galván. Foto: Cortesía Rufo Sánchez.

“Mi familia se ha involucrado porque están aquí, con uno, haciendo la labor desde la semilla hasta la plantación. Me acompañan siempre y saben la importancia de conservar y cuidar a las especies de manglar”, concluye Selván.

“Estamos ayudando al cambio climático que hoy y en pocos años vamos a padecer. Pero aquí hacemos lo humanamente posible y vamos a darle con todo. Queremos ser el primer ejido de Tabasco calificado en captura de dióxido de carbono”.

* Imagen principal: Equipo de restauración de manglares en el ejido Úrsulo Galván. Foto: Cortesía Ella Vázquez.

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