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El futuro de la palma de aceite en Indonesia

  • El crecimiento de la palma en Indonesia se presenta como un milagro económico, pero hay otra versión de la historia: tratos encubiertos, asociaciones turbias, destrucción de bosques y más.
  • Esta es la quinta entrega de Indonesia en Venta, una saga en profundidad sobre la corrupción detrás de la crisis de deforestación y derechos de la tierra en Indonesia, una colaboración entre Mongabay y The Gecko Project.

A pesar de la derrota de su hijo en las elecciones de 2013, la familia de Darwan siguió integrada en la clase política tanto en Seruyan como en la provincia de Kalimantan Central. Darwan se unió a un nuevo partido político, que ahora preside a nivel provincial. Es una posición influente para comerciar el apoyo en las elecciones. El año pasado, lo usó para respaldar al actual gobernador, el sobrino de un barón de la madera que expolió el Parque Nacional Tanjung Puting, para un segundo mandato.

Darwan no respondió a múltiples solicitudes de entrevistas, entregadas vía mensajes de texto y llamadas a un número proporcionado por la oficina de su partido en la Cámara de Representantes en Yakarta. En un momento dado, contestó el teléfono y prometió mandarnos su correo electrónico en un mensaje de texto para así poder enviarle nuestras preguntas, pero nunca lo hizo. Tampoco contestó a una carta que contenía nuestros resultados e incluía una serie de preguntas detalladas, entregada a las oficinas centrales de su partido en Kalimantan Central.

Sin embargo, el año pasado, en una tarde de abril, localizamos a su hijo Ruswandi en una inmensa casa en Sampit donde pasa sus fines de semana. Miembros de la familia ocupan varias posiciones de poder en el distrito y la provincia. Después de perder las elecciones a bupati, el premio de consolación de Ruswandi fue reemplazar a su primo como jefe del parlamento de Seruyan.

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Nos reunimos con él en el patio de una casa baja, detrás de una verja blanca atendida por una guardia, en una serie de bancos de madera en la sombra. Nos flanqueaban un par de vehículos todoterreno hechos a medida con el logo de Harley Davidson. En el garaje había otro cuatro por cuatro, un regalo de su padre. Ruswandi sonreía mientras salpicaba su habla nasal con jerga derivada de los anglicismos, como “efektif efisien” —efectivo y eficiente—. Pequeño y rechoncho, llevaba gafas de pasta negra, pero renunció al gorro peci con el que es a menudo fotografiado.

Estaba de buen humor, desinhibido por la crisis social a la que se enfrentaba su distrito, en el que quizás era ahora el segundo político más influyente. De hecho, no reconocía una crisis, ya que en su opinión el cambio hacia las plantaciones había beneficiado al Seruyan. “Si no hubiese aceite de palma, nadie sabría qué hacer, porque los recursos naturales se han acabado”, dijo. “Por eso es por lo que, como yo lo veo, las cosas van muy bien”.

Ahmad Ruswandi en su casa en Sampit.

Reconoció que había habido “puntos a favor y en contra” de la rápida expansión de las plantaciones, pero la única desventaja que podía identificar era que las vías fluviales del distrito “no eran como antes”. No obstante, exoneró a las empresas de alrededor del lago Sembuluh de aumentar su contaminación. Su novedosa explicación era que la gente “se baña y defeca en el lago”. “Aunque no hubiese empresas, el lago todavía estaría sucio”, dijo.

En un principio, afirmó que la industria del aceite de palma había creado puestos de trabajo para los habitantes locales. Luego cambió de idea y afirmó que el problema era que la población local no quería trabajar en las plantaciones. En la época de la tala, se habían acostumbrado al dinero fácil de la madera. Ahora estaban “malcriados”, mientras que los trabajadores inmigrantes estaban mejor “cualificados” para lo que llamaba “el sistema de las condiciones de vida dura”.

Con un pequeño empujón, admitió que sería difícil para las comunidades beneficiarse de las plantaciones sin los minifundios. “Con suerte, habrá minifundios”, dijo. “Porque es una pena para la población”. Pero no rebosaba con ideas de cómo lograr ese objetivo. Un miembro del parlamento con quien nos reunimos, de un partido político rival, había sido categórico al afirmar que el gobierno debería amenazar con revocar los permisos de las empresas que denieguen los minifundios. Lo mejor que Ruswandi podía ofrecer eran trivialidades sobre “la sinergia”.

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Ruswandi admitió abiertamente que él mismo había sido el propietario de tres empresas vendidas a Triputra que luego esta había desarrollado. Cuando se mencionó el tema, nombró las subsidiarias voluntariamente. Pero hiló una narrativa falsa en un intento de disociar a su familia de la red de corrupción que habían creado. Afirmaba que las empresas fueron creadas antes de que su padre tomase posesión de su cargo y que Darwan nunca les dio licencias.

Los documentos de la empresa y una base de datos de permisos del gobierno muestran que esto no es cierto. Pero Ruswandi se agarró a esta mentira rápidamente. Estaba interesado en crear la idea de que había trazado una línea roja entre su propio papel como un funcionario público y los negocios, una línea que, de hecho, volvió irremediablemente difusa debido al comercio de permisos de su familia.

“Como representante de la población, soy como un árbitro”, explicó con una gran sonrisa. “Si soy el árbitro y también juego, eso no es justo. Así que hago negocios fuera de Seruyan. En Seruyan, no tengo ningún negocio. Simplemente, soy representante de la población”.

Insistió que todas las licencias emitidas por su padre eran limpias. Como prueba, citó el hecho de que nunca había sido atrapado.

“Si no fuesen limpias, ¿No habrían sido suspendidas por las fuerzas de seguridad?”.

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A principios del año pasado, las noticias indicaban que Triputra había empezado a distribuir minifundios en algunas comunidades que los habían esperado durante años. Sudarsono, el actual bupati, habló en una ceremonia de entrega en la aldea de Baung. “Sé cuánto tiempo la gente ha estado luchando por sus minifundios, y ahora esa lucha está finalmente dando sus frutos”, dijo en el evento. “La población debería estar orgullosa y agradecida”. Un grupo de funcionarios gubernamentales posaron para las cámaras con sus pulgares en alto. Allí estaba Ahmad Ruswandi, en su capacidad como jefe del parlamento de Seruyan.

Baung se encuentra en el río Seruyan, que se comprime a través de una estrecha franja de tierra entre los gigantescos estados de Triputra y un área protegida en los límites del Parque Nacional Tanjung Puting. Las plantaciones dejan a la aldea con unos pocos cientos de metros de tierra al este del río; el oeste está fuera de los límites.

En un atardecer caliente y polvoriento, nos sentamos con Damun, un miembro del gobierno de la aldea. Pintó un panorama sombrío de la vida en la era de las plantaciones. Los habitantes locales ya no podían extraer madera sin ser arrestados por tala ilegal. Las pesquerías habían colapsado por la suciedad de los ríos. La mayoría de sus tierras de labranza habían sido cedidas a las empresas. Los mejores puestos de trabajo en las empresas fueron a gente de fuera que eran vistos como más capacitados, mientras que los lamentables salarios pagados a los obreros no cualificados apenas eran suficiente para sobrevivir. Aun así, nos dijo, “aquí todos dependen de las plantaciones”. Eran la única alternativa.

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Hace tres años, los residentes de Baung y otras aldeas bloquearon la carretera a una de las concesiones de Triputra, exigían que resolviesen las apropiaciones de tierras que llevan teniendo lugar diez años. Ahora Damun sentía que, finalmente, estaba en la antesala de conseguir una tajada del pastel del aceite de palma. Triputra había asignado unas 3000 hectáreas de minifundios en cuatro aldeas.

Pero el anuncio de Sudarsono había sido algo prematuro. La mayor parte de las tierras que la empresa había programado para las comunidades estaba en zonas en las que el Ministerio de Silvicultura no permitía plantaciones. La realidad de la oportunidad de salir en la foto de Triputra era que los minifundios todavía estaban estancados. Solo una pequeña porción había sido plantada

“Hemos esperado siete años”, nos imploró Damun. “Esta es nuestra última esperanza. Dios mediante, la empresa puede ayudarnos”.

Mientras los agricultores de Seruyan esperan sus minifundios, Arif Rachmat, el director general de Triputra Agro Persada, fomenta una imagen de su empresa que, cada vez más, se aparta de la realidad. Se anuncia a sí mismo como un joven magnate dinámico y progresivo. En enero del año pasado viajó a Davos, Suiza, para asistir al Foro Económico Mundial, donde fue elegido como un Joven Líder Global, uniéndose a una comunidad de triunfadores que se describe a sí misma como “la voz del futuro y la esperanza de la siguiente generación”. Vestido con un abrigo de invierno, le dijo a un equipo de televisión, “una de mis pasiones es cómo mejorar la productividad y el sustento de los agricultores así como la sostenibilidad alimentaria”.

Un reportaje de la revista Forbes sobre “los principales líderes empresariales emergentes” de Indonesia. Arif Rachmat es el primero por la izquierda.

Uno de los subordinados de Arif nos dijo en un correo electrónico que Triputra se adhiere a las regulaciones que exigen a las empresas que proporcionen minifundios equivalentes a una quinta parte de sus plantaciones. Esto no es cierto en Seruyan, y hay pruebas de que el malestar social causado por la empresa se propaga por todas sus tierras, hacia otros distritos en Kalimantan.

Hoy en día, el aceite de palma cubre más de una quinta parte de la tierra de Seruyan. El noventa y seis por ciento de esa tierra pertenece a los súper ricos, incluidas las familias Kuok, Rachmat, Tjajadi y Widjaja. Los beneficios se van a las capitales de Yakarta, Singapur y Kuala Lumpur. Solo una fracción de los impuestos recaudados por el estado vuelven a Seruyan.

El aceite de palma está concentrado en la mitad sur del distrito, donde vive la mayor parte de la población. El acceso de los habitantes a las tierras está fuertemente limitado por las grandes plantaciones. El lago Sembuluh y sus aldeas frente al agua están casi totalmente rodeados. Sus orillas al sur están reclamadas en su totalidad por Triputra, cuyas fincas también se extienden a lo largo del río Seruyan y confina a las aldeas a lo largo del camino.

Las plantaciones del aceite de palma rodean el lago Sembuluh y las aldeas a sus orillas.

En una respuesta escrita a nuestras preguntas para este artículo, Wilmar nos dijo que estaba intentando proveer minifundios en Seruyan y ya lo había logrado en otras áreas. Pero también dijo que sus esfuerzos se habían estancado porque no quedaban tierras. Esto es en lo que se ha convertido una visión del desarrollo impulsado por el sector privado que, de alguna manera, habría beneficiado a los pobres: no hay tierras para los agricultores, porque los multimillonarios las tienen todas.

Sudarsono, la gran esperanza de Seruyan, se ha ganado la decepción de aquellos que lucharon por su victoria en las urnas, y que siguen excluidos de las riquezas del aceite de palma. Pero ha logrado promocionar Seruyan como piloto para una nueva idea surgida en el mundo de la sostenibilidad corporativa, catalogada como  “certificación jurisdiccional”.

Después de dos décadas de abusos de los derechos de la tierra y una deforestación guiada por la plantación, la propuesta es que todo el aceite de palma del distrito sea declarado “sostenible”. Seruyan serviría, como dijo un funcionario, como “modelo para otros distritos, no solo en Kalimantan Central sino también en Indonesia, para el desarrollo sostenible del aceite de palma”. El gigante de los bienes de consumo, Unilever, el mayor usuario de aceite de palma del mundo, se abastecería, preferentemente, del distrito.

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En 2015, Sudarsono dijo en una reunión de empresas de aceite de palma y ONG que cuando las empresas se abasteciesen del Seruyan, podían estar seguros de que estaban comprando aceite de palma producido “sin causar deforestación”. Añadió: “También sabrán que no hubo quemas cuando se limpiaron las tierras o incautaciones de tierras indígenas”.

El programa incluye algunas ideas progresistas, como asegurar que los pequeños productores tengan una ruta al mercado y resolver los conflictos de las tierras. Pero por ahora es en su mayor parte premio y muy poco castigo. Se ofrece a las empresas del aceite de palma de Seruyan un camino a la redención pero no tienen que hacer frente a las consecuencias de sus infracciones previas.

La idea refleja un deseo entre los ejecutivos corporativos y algunos políticos de trazar una línea bajo el pasado y tratar el presente como el día cero de una nueva era de sostenibilidad. Los pecados de ayer están olvidados y las plantaciones en tierras que eran bosque hace unos pocos años pueden ser consideradas “sostenibles”. En respuesta a nuestras preguntas, por ejemplo, el portavoz de Wilmar, Iris Chan, dijo que la empresa debería ser juzgada por lo que hace hoy en día. “No creemos que plantear cuestiones de hace más de diez años sea significativo”, escribió.

El problema para la población de Seruyan es que siguen con el legado de las decisiones tomadas hace una década. Pero la KPK no comparte la noción de que acciones llevadas a cabo entonces son inviolables. La agencia anticorrupción es pionera en un enfoque más proactivo hacia la corrupción en el sector, que examina el cumplimiento legal de las empresas de plantación por todo el país. Un enfoque parecido en el sector de la minería, que empezó en 2014, produjo la cancelación de cientos de licencias.

El potencial para este tipo de enfoque es limitado en Seruyan, ya que las tierras hace tiempo que han sido despejadas y plantadas. Pero un gran número de licencias latentes y todavía sin explotar pesan sobre bosques y tierras indígenas por toda Indonesia, sobre todo en las islas al este de Borneo, donde la industria se está expandiendo muy rápidamente. Se ha aplicado muy poco escrutinio a las circunstancias en las que fueron emitidas. Un creciente conjunto de pruebas —entre ellas las próximas historias en la serie Indonesia for Sale (Indonesia en venta) — sugiere que por debajo de la mayoría de estos permisos hay una masa bulliciosa de confabulación. En esos casos, la revocación podría evitar, en primer lugar, que tuviese lugar la orgía de destrucción y explotación.

Pero aunque puede proporcionar un respiro para los bosques de Indonesia, solamente con la revocación de las licencias ya existentes, no solucionará el problema. La lección de Seruyan, y el modelo que representa para otros distritos, es cuánto daño puede producirse cuando se permite a los funcionarios gubernamentales actuar en un vacío de responsabilidad y escrutinio. El sistema  paralelo que permitió a Darwan Ali prosperar sigue igual. No ha habido un gran esfuerzo por romper el vínculo entre el dinero y la política. Es este vínculo que permite a los bupatis financiar elecciones e infligir daño a las personas que les han elegido para servirlas, en favor de llenarse los bolsillos.

El juego continua en los distritos fronterizos por todo el archipiélago. Hay indicios de que las lecciones de Seruyan ya están siendo aplicados en otras partes, aunque no para bien. Khaeruddin Hamdat, la mano derecha de Darwan, ha reaparecido en Donggala, un distrito altamente forestal en la isla de Sulawesi, al este de Borneo, donde los conflictos entre la población y las empresas de aceite de palma están emergiendo. Fotos en Facebook le muestran analizando un mapa de la concesión y de cena con el bupati, que se presentará a la reelección el año que viene.

En junio de 2018, más de 100 distritos volverán a las urnas para elegir a los nuevos, o quizás a los actuales, bupatis. Entre ellos está Seruyan. La hija de Darwan, Iswanti, será la próxima de la familia en lanzarse a por la posición principal. Se registró como candidata en mayo.

“Como ‘hija de la tierra’”, dijo a periodistas, “Me siento llamada a servir y desarrollar Seruyan”.