Hicimos el viaje a estos atolones remotos para evaluar el estado de sus arrecifes de coral, tan raramente visitados. A pesar de la vegetación idílica de la isla, que sucede a los más de 60 años de protección tras las bombas, nuestras primeras inspecciones bajo el agua en el lado oeste de Rongelap resultaron decepcionantes. Aunque los arrecifes de la región no están sujetos a las presiones típicas de la pesca y del desarrollo costero, una onda de calor oceánico en el 2014 disparó un blanqueamiento masivo que dejó el arrecife dominado por corales y algas muertas. En nuestras inmersiones iniciales nos vimos entre paisajes arrecifales desolados, buscando señales de crecimiento reciente de coral que indicara alguna recuperación durante los últimos cinco años. Esta búsqueda resultó complicada.

Al tercer día nos ubicamos en el lejano lado este de Rongelap, junto a una de las pequeñas islas de arrecife que bordean el atolón, a tan solo unas pocas millas de la horrible escena de sufrimiento humano que quedó bajo la lluvia radiactiva décadas atrás. Nos deslizamos por debajo de las olas y hallamos nuestro camino desde el exterior del atolón y hacia el interior de la laguna. Una vez más atravesamos una llanura de arrecifes blanqueados, justo como nos lo habíamos esperado por las inmersiones previas. Al pasar un punto alto en el ondulante terreno submarino, nos sorprendimos de poner nuestros ojos al fin en una vasta área de arrecife intacto y saludable. Hasta donde podíamos ver, el área albergaba miles de colonias florecientes de corales y cientos de especies.

El arrecife recién descubierto relució en un caleidoscopio de colores y generó sonrisas y puños alzados en señal de triunfo entre los miembros del equipo de buceo. Cientos de tiburones de arrecife patrullaban el área, siguiéndonos mientras nosotros investigábamos; y una mantarraya planeaba ocasionalmente, echándonos miradas con desenfado como si fuéramos una especie rara que visitaba sus dominios. La cobertura de algas era muy baja en ese arrecife prístino, y miles de corales llegaban incluso a los metros de diámetro, lo cual nos indica su madurez y edad avanzada. Mientras hacíamos el camino de regreso al barco, nos preguntamos cómo y por qué este refugio tuvo lugar en ese punto en particular.

En nuestras inmersiones de investigación subsecuentes, comparamos cada arrecife con aquel prístino que, a bordo del barco, llegó a ser conocido como el “nivel de oro”. Descubrimos un segundo arrecife “de oro”, así como múltiples sitios “de plata”, los cuales contenían niveles moderados de biodiversidad entre los corales vivos y peces que los habitaban. Sin embargo, otros arrecifes donde encontramos llanuras de coral muerto ni siquiera alcanzaron el “bronce”, sino que mostraron señales de estrés por calor y espacios vacantes en lo que debió haber sido una enorme población de peces de arrecife. A pesar de las numerosas inmersiones, nos quedamos sin un patrón o una explicación discernible respecto a la distribución y localización de estas variaciones extremas en las condiciones.

Al terminar con Rongelap, zarpamos al oeste, al atolón de Ailinginae, donde el capitán enfatizó que, hasta donde sabía, nadie había inspeccionado los arrecifes en décadas, si acaso alguien lo había hecho nunca. Allí también encontramos una mezcla de condiciones de arrecife que iban del oro al bronce, pasando por la plata, lo que una vez más destaca la enorme variabilidad que parece haber hoy en día, incluso en algunos de los arrecifes más remotos del mundo.

Abandonamos las islas Marshall con más convicción en la creencia de que ninguna cantidad de investigación que se base en el buceo puede generar el conocimiento que se requiere para conocer el estatus de los arrecifes de coral. Las nuevas aproximaciones, como el empleo complementario de satélites y aeronaves, son necesarias para rastrear la salud cambiante de los arrecifes en el mundo. En todo caso, nuestras laboriosas inspecciones de campo, aunque limitadas, sugieren que los arrecifes pueden sobrevivir y recuperarse a largo plazo de las perturbaciones de grandes proporciones, incluso la exposición a altos niveles de radiación. Eso por sí solo es una revelación prometedora desde los puntos de vista de la biología tanto como de la conservación.

Quizás todavía más importante, nuestra visita a las remotas y posnucleares islas Marshall resalta el inmenso reto que los arrecifes de coral enfrentan en un océano que se calienta. A diferencia de las pruebas de bombas nucleares en el atolón de Bikini, a las cuales siguió un protección ambiental estricta, la amenaza actual que representa el cambio climático todavía no inspira una respuesta lo suficientemente proactiva. Tristemente, el cambio climático es lo que conduce nuestra búsqueda continua de los cada vez más raros arrecifes “de oro”, en tanto que estos refugios se vuelven microcosmos aislados de lo que solía ser habitual alrededor del mundo.

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La mitigación del cambio climático es primordial para la supervivencia de los arrecifes de coral, y solo se puede conseguir al reducir drásticamente las emisiones de gas de efecto invernadero en nuestra atmósfera. En las islas Marshall nos enfrentamos con la dura verdad: nuestras actividades en lugares distantes ya han afectado y continúan afectando los arrecifes más remotos del mundo. Hasta que demos pasos significativos hacia la reducción del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en la atmósfera, el cambio climático supondrá una grave amenaza a largo plazo para los arrecifes de coral, quizás más difícil de superar que los efectos del desastre nuclear.

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Respecto a los autores y el Proyecto Reefscape: Greg Asner es un científico experimentado de la Carnegie Institution for Science. Sus intereses científicos abarcan los campos de la ecología, la ciencia de la conservación, teledetección y cambio climático. Clare Leduff es la gerente del Observatorio Aéreo de la Carnegie Institution for Science. Sus intereses van desde la biología de la conservación hasta los efectos del cambio climático en los sistemas agrícolas. El Proyecto Reefscape es apoyado por la Fundación Leonardo DiCaprio, la Fundación Avatar Alliance y organizaciones asociadas.

Artículo publicado por Maria Salazar
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