“‘No vayas a Pasamayo porque todo está lleno de petróleo, no hay agua, todo es como una mazamorra’, me dijo mi compadre. No lo creía y fui a verlo personalmente. Había demasiado petróleo, se veía un fango, ni olas se formaban por el petróleo”, recuerda. Primero lo invadió la indignación, luego la incertidumbre.

“La naturaleza se va a encargar”, le dijo un representante de Repsol cuando lo atendió a los días del derrame.

Sin saber quién podría darle una solución, Melchor iba a todos los sitios a reclamar y a asesorarse. Se informaba sobre otros derrames ocurridos en diversos países, analizaba los períodos de remediación y las afectaciones a la fauna y flora. En ese trajín, día tras día, Melchor fue identificado por dos ONG que le brindaron asesoría para hacer un llamado sobre las afectaciones en la zona de Pasamayo y para conformar, junto con otros pescadores del lugar, una asociación. “A nosotros nos ponían en el agua y sabíamos qué hacer, pero en trámites éramos un cero a la izquierda. En el camino fuimos aprendiendo y como resultado la Asociación de Toma y Calla fue reconocida”, dice.

Vista de la playa de Pasamayo en Lima, Perú. Foto: Angela Ponce

Como la asociación se formó después del derrame de petróleo, que Repsol los admitiera como una agrupación afectada por el desastre fue una larga batalla. Como presidente de la Asociación de Pescadores Artesanales del Serpentín de Pasamayo Toma y Calla, Melchor tuvo que andar de institución en institución con una serie de documentos entre los que se encontraban declaraciones juradas, copias de la lista de pescadores de su asociación y evidencias de que sus miembros se dedicaban a la pesca desde hace muchos años. A donde iba dejaba los documentos para que pudieran empadronarlos y atender los daños generados.

Pese a los esfuerzos veían pocos resultados.

“Yo no dormía. Me levantaba y empezaba a revisar uno a uno los documentos [de los asociados]. Que no le falte una coma, que no le falte una letra, que no le falte un número de DNI. Llegaban las cuatro, las cinco de la mañana y ya al otro día estaba saliendo. Llegó el momento en que me enfermé. Y el doctor me dijo ‘usted tiene problemas, tiene estrés, abandone el cargo [de presidente de la asociación]’”. La noticia fue un golpe para el pescador. Había dedicado su vida a la pesca y estaba empecinado en ayudar a sus compañeros en la tragedia, así es que después de mucho pensarlo optó por no seguir las recomendaciones del médico.

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“Nuestro objetivo es lograr una remediación para el mar”

En Pasamayo, las tareas de limpieza para intentar quitar el petróleo derramado nunca llegaron. “Dijeron que no podían hacer la limpieza porque era una zona inaccesible, pero ¿cómo una empresa que tiene tanta logística no puede bajar ahí?”, se pregunta Melchor.

Al pescador le alegraría que se publicara algún informe que hable de la remediación de Pasamayo. Entendería la demora del proceso si es que se exponen razones coherentes, como que los peces tardarán en volver a su hábitat o en reproducirse. Sabría que, aunque tarde, las especies regresarán y también la pesca. Pero no saber nada lo hace sentir frustrado.

Desde el derrame, toda la vida le ha cambiado. “Yo siempre pensé que el pescador debía comer el mejor producto que pesca. Mi familia tenía la libertad de elegir qué comer, mis hijos comían muy bien. Nos quitaron la libertad de comer, nos han quitado la forma de alimentarnos”, dice Melchor.

Sin alternativas, el dirigente se vio obligado a aceptar las compensaciones económicas de Repsol, ofrecidas, según confirmó la Defensoría del Pueblo, de manera unilateral. Pero lo recibido nunca compensó, ni de cerca, las ganancias que el pescador lograba capturando los peces de carne selecta. De todos modos, ya ni siquiera puede contar con ese parvo consuelo. A Melchor le dijeron recientemente que la empresa no entregará más indemnizaciones. La razón, asegura Repsol, es que ya no hay más contaminación, aunque la información disponible del Organismo de Evaluación y Fiscalización Ambiental (OEFA) señala lo contrario. El mar sigue contaminado.

Respecto de los montos, Repsol respondió a este medio que “las compensaciones a pescadores ascienden a 100 000 soles en promedio por persona, lo que supera largamente los ingresos que un pescador puede obtener, de acuerdo con los informes de las autoridades”. La economista de Oxfam, Kely Alfaro, titular del estudio de valorización del daño sufrido por las familias pescadoras y que fue realizado por esa organización y CooperAcción, asegura, sin embargo, que cada familia ha perdido anualmente el equivalente a 149 714 soles, una cifra hasta tres veces el monto entregado por Repsol.

La empresa también aseguró que “el proceso de compensación a los afectados cumplió tanto con las leyes peruanas, como con los lineamientos de tratados internacionales”. Así mismo sostuvo que durante el proceso “las personas afectadas pudieron contar con la presencia de sus propios abogados, dirigentes o asesores y, en algunos casos, también participó la Defensoría del Pueblo”. Este último organismo, justamente, confirmó problemas de unilateralidad en los montos establecidos por Repsol.

La Asociación de Pescadores Artesanales del Serpentín de Pasamayo Toma y Calla, liderada por Melchor, sigue en pie exigiendo que las acciones de limpieza en la zona se concreten y que reciban una compensación acorde al daño ocasionado.

“Tenemos el derecho a una compensación porque vivimos del mar”, dice Melchor. “No quisiera que las futuras generaciones digan que los viejos no hicieron nada por defender nuestros derechos. Nos gustaría que digan ‘los viejos pelearon por nuestro mar y lo lograron’. Ese es nuestro objetivo, lograr una remediación para el mar y lograr vivir dignamente como lo hacíamos antes”.

*Imagen Principal: German Melchor, Presidente de la Asociación de Pescadores Artesanales del Serpentín de Pasamayo, en una de las playas donde solia pescar en Lima, Peru. Foto: Angela Ponce

*Nota del editor: Repsol respondió a las preguntas enviadas por Mongabay Latam las que fueron ingresadas al texto.

Artículo publicado por Michelle
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