El Chocó Andino fue una de las 24 zonas declaradas bajo esta categoría este año y la única en Latinoamérica. Se trata de un área de 286 000 hectáreas que se encuentra en el noroccidente de la provincia de Pichincha, a tan solo 45 minutos de Quito y se extiende sobre nueve parroquias dentro de tres áreas municipales (Distrito Metropolitano de Quito, San Miguel de los Bancos y Pedro Vicente Maldonado). En esta Reserva de la Biósfera se hallan nueve bosques protectores, tres Área de Conservación y Uso Sustentable (ACUS), múltiples reservas privadas y un Parque Nacional: la Reserva Geobotánica del Pululahua. Más de 73 000 hectáreas de la nueva Reserva de Biósfera corresponde a ocho áreas núcleo, es decir, lugares donde los bosques tienen un mejor estado de conservación y son importantes por su biodiversidad y por los servicios ambientales que proveen.

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Una lucha de varias décadas

 

Que el Chocó Andino alcanzara esta categoría era el sueño de muchos y comenzó hace varias décadas con las primeras creaciones de áreas de conservación en la zona. Desde hace más de 30 años varios actores han promovido el desarrollo sostenible en el territorio, difundido conciencia ambiental en las comunidades y trabajado en esquemas de gobernanza y diálogos participativos para demostrar que el humano y la naturaleza pueden convivir bajo el dosel del mismo bosque.

Maquipucuna es una de las fundaciones involucradas en este proceso ─cuenta con una reserva privada que lleva el mismo nombre─ y ha trabajado con las comunidades de la zona desde 1988. Rebeca Justicia, cofundadora y actualmente presidenta ejecutiva de la fundación cuenta que hace tres décadas los ganaderos y agricultores los veían con recelo cuando hablaban de conservación, pues creían que eso significaba quedarse sin tierras para trabajar. Ahora, la comunidad se ha unido. “Es un movimiento gigante”, afirma Justicia. El empoderamiento de la población fue un elemento importante en la declaratoria de esta zona. “Fue la comunidad la que pidió que esta área fuera reconocida como Reserva de la Biósfera. Es un pedido que surge de abajo para arriba”, añadió.

Uno de los ejemplos de participación de las comunidades se refleja en la Mancomunidad del Chocó Andino. Un espacio de gobernanza territorial intermedio entre el Municipio del Distrito Metropolitano de Quito y seis Gobiernos Locales (Calacalí, Nono, Nanegalito, Nanegal, Gualea y Pacto) que se encuentran dentro de la reserva recién declarada. Según Manuel Peralvo, coordinador del programa Bosques Andinos del Consorcio para el Desarrollo Sostenible de la Ecorregión Andina (CONDESAN), la mancomunidad facilita el diálogo entre los productores locales y el gobierno municipal y estatal. “Facilita la participación local y crea un vínculo con los productores y gente del territorio. Este será uno de los procesos claves para la gobernanza a futuro”, afirma.

Durante las tres décadas en las que se ha impulsado la conservación y se han buscado alternativas económicas sustentables se sentaron las bases para el proceso de aplicación en la UNESCO. Hace cuatro años unos representantes de la entidad visitaron Mindo ─una parroquia que actualmente forma parte de la Reserva de la Biósfera─ y según Cobos, quedaron impresionados por la biodiversidad de la zona y le aconsejaron que mandara una propuesta a la institución para su declaratoria. Desde entonces, nueve parroquias, el Ministerio del Ambiente de Ecuador (MAE), el Gobierno Provincial de Pichincha, tres municipios  y un sinnúmero de organizaciones no gubernamentales, fundaciones, universidades y comités coordinaron un trabajo conjunto para declarar al Chocó Andino como la séptima Reserva de Biósfera del país.

Después de recopilar todos los datos técnicos y biológicos del área, el 11 de octubre del año pasado el MAE presentó a la UNESCO el expediente para solicitar la declaratoria de esta zona. Nueve meses y medio después, el organismo internacional anunció que el Chocó Andino de Pichincha era uno de los 24 lugares en el mundo que adquiría la categoría de Reserva de la Biósfera.

Las 286 000 hectáreas del Chocó Andino representan el 30,31 % de la Provincia de Pichincha. En esta área, según Ellis, las personas se dedican principalmente al turismo, la agricultura y la ganadería. Este ecosistema es considerado un punto caliente de biodiversidad y dentro del área declarada se esconden más de 320 sitios arqueológicos de la cultura precolombina Yumbo.

Según el ministro de ambiente, Tarsicio Granizo, esta declaratoria abre nuevas oportunidades de turismo, producción sostenible, cooperación internacional y sobre todo reúne esfuerzos para frenar las amenazas y proteger la naturaleza. De acuerdo con Olga Cobos de la Cooperación Internacional del Gobierno Provincial de Pichincha, esperan que esta reserva de biósfera se amplíe en un futuro. Por el momento, según Washington Benalcázar, presidente de la parroquia de Nanegal y de la Mancomunidad del Chocó Andino, el siguiente paso será formar un comité de gestión donde se asignarán los roles de cada actor en esta área y se tramitarán presupuestos para poder intervenir en proyectos sostenibles.

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Un punto caliente de biodiversidad

 

La nueva Reserva de la Biósfera alberga una riqueza biológica única en el mundo. Sus ocho áreas núcleo aún conservan bosques prístinos y se estima que en toda su extensión habitan 700 especies de aves, 140 especies de anfibios y 40 de reptiles.

Desde los 360 hasta los 4480 metros sobre el nivel del mar, los paisajes pasan de páramos en el volcán Pichincha a una vegetación seca y arbustiva en el valle del río Guayllabamba y hasta bosques montanos de arrayanes, cedros y matapalos en las estribaciones montañosas.

Además, Rebeca Justicia calcula que en toda la reserva existen alrededor de 3200 especies de plantas. Tan solo en la reserva de la fundación Maquipucuna, con una extensión de 6000 hectáreas, se han inventariado 1960 especies de plantas, es decir, un 12,5% del total de especies en Ecuador. “Las especies por unidad de área es altísima”, afirma.

La nueva reserva de la Biósfera Chocó Andina es el hábitat de 100 especies de mamíferos, entre los que se encuentran el puma, cuatro especies de venado, el oso de anteojos y el olinguito (Bassaricyon neblina). Esta última especie fue descubierta hace cuatro años y es el último carnívoro del mundo descrito para la ciencia, según Santiago Molina, investigador asociado de la Universidad San Francisco y la Fundación Zoológica de Ecuador. Además, en los últimos años se han descubierto ocho especies de anfibios y una de reptil, según la Dirección de Cooperación Internacional del Gobierno de la Provincia de Pichincha (GADPP).

Una de las especies emblemáticas de la reserva es el oso de anteojos y según Molina, se han identificado alrededor de 60 individuos. Rebeca Justicia cuenta que una vez al año los osos se congregan, en busca de alimento, en un área restaurada por la Fundación Maquipucuna. Ella ha llegado a contar hasta 40 osos en un solo día, lo cual es un hecho muy importante pues es el único lugar en el mundo donde se ha reportado tal cantidad de animales congregados.

La nueva Reserva de la Biósfera es un gran reservorio de agua. En ella se encuentran cinco cuencas hídricas que aportan agua a poblaciones dentro y fuera de la reserva. Según datos de la Secretaría Nacional del Agua obtenidos por el GADPP, la zona produce un caudal de 291 856 litros por segundo que benefician de forma directa a más de 20 000 personas  con agua potable y a casi 900 000 personas entre riego, energía eléctrica, y recreación. Una de las hidroeléctricas que utiliza este caudal es Hidroequinoccio Manduryaqui, la cual generará 10MW una vez se haya completado su construcción, según el GADPP.

Y no solo esto. Sus bosques protegen de posibles aluviones e inundaciones a miles de personas que viven en las partes bajas. Además, cada hectárea de bosque dentro de la reserva es capaz de absorber hasta 250 toneladas de carbono. Manuel Peralvo, coordinador del programa Bosques Andinos de CONDESAN, explica que a medida que se asciende a lo largo del gradiente altitudinal, los ecosistemas como el páramo, a 4700 metros sobre el nivel del mar, almacenan grandes cantidades de carbono en el suelo y esto contribuye en gran medida a mitigar el cambio climático.

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Las amenazas que acechan a la Reserva

 

En los últimos años la minería ha sido una amenaza latente en las 286 000 hectáreas del Chocó Andino de Pichincha. “Se nos estaba partiendo el territorio con concesiones mineras”, afirma Washington Benalcázar y argumenta que esta fue una de las razones por las cuales solicitaron a la UNESCO esta declaratoria.

Para presentar la propuesta, en octubre del año pasado, las organizaciones e instituciones pidieron al Ministerio de Minas y al de Ambiente que derogaran las concesiones mineras dentro de la zona que se proponía proteger. De acuerdo al ministro de Ambiente, Tarsicio Granizo, se han suprimido ocho concesiones mineras en las zonas núcleo. Sin embargo, según el GADPP, en enero del 2018, 19 zonas estaban amenazadas por concesiones mineras.

Adicionalmente, Rebeca Justicia explica que dichas concesiones están dentro de las zonas de amortiguamiento o transición donde todavía los bosques están conservados y existen áreas que pueden ser restauradas. Es precisamente en estas zonas donde la mayor parte de la población vive y trabaja en producción agrícola y ganadera. Según Justicia, si estas zonas fueran dedicadas a la minería, impactaría a la población local y la provisión de alimento y agua para Quito. Además, en las áreas de amortiguamiento se encuentran también tres Áreas de Conservación y Uso Sustentable (Mashpi, Pachijal y Yunguilla).  Sin embargo, según Ellis, representante de la UNESCO, la “minería responsable” es un principio compatible en las zonas de transición dentro de una Reserva de Biósfera.

La expansión agropecuaria, la cacería y la deforestación también son otras amenazas que persisten en el sector. Santiago Molina, investigador asociado de la Universidad San Francisco y la Fundación Zoológica de Ecuador, está preocupado porque el oso de anteojos que habita en la zona vive rodeado de un paisaje de actividades humanas a pesar de que el municipio de Quito reconoció hace un tiempo un área protegida de 65 000 hectáreas como corredor para este animal. Este corredor forma parte de dos áreas núcleo de la Reserva de Biósfera y está conformado por varios bosques bajo alguna categoría de protección, como la Reserva de Maquipucuna o el Área de Conservación y Uso Sustentable (ACUS) Yunguilla.

Sin embargo, Molina, quien lleva diez años luchando para proteger los osos de anteojos, afirma que aún existen campesinos que cazan a estos mamíferos porque los culpan de la muerte de su ganado. “Las vacas pastan en zonas alejadas de las fincas y no están controladas por un corral”, argumenta el biólogo. También añade que el descuido de los propietarios lleva a que algunas vacas tropiecen, rueden colina abajo, mueran con el impacto y que los osos del lugar se alimenten del animal fallecido. Pero los ganaderos creen que es el oso quien mata a su ganado y por eso lo ven como una amenaza y lo cazan.

Aun así, estos animales no solo mueren como retaliación por parte de los campesinos. La cacería de osos como parte del tráfico de especies también es una realidad en la Reserva de la Biósfera. Según Molina, hace algunos meses se encontró una pata de oso en un río al límite de la reserva de Mashpi, un ACUS que hace parte de esta área protegida internacional.

La deforestación también merodea el territorio, tanto en áreas protegidas como en bosques privados. “Yo veo todos los días que talan en los bosques protectores y nadie hace nada”, denuncia Molina, quien también dice que los dueños de las fincas deforestan dentro de su tierra porque quieren meter más ganado.

De hecho, Olga Cobos afirma que la Viceprefectura de Pichincha tiene un programa de reforestación de especies nativas dentro del territorio de la Reserva desde hace unos dos años. Así mismo, explica que para frenar las amenazas de la agricultura el Gobierno Provincial de Pichincha brinda asistencia técnica sobre producción agroecológica a los agricultores de la zona.

El reto es grande y quienes buscan un equilibrio entre el desarrollo de las comunidades y la protección de los bosques de la nueva reserva, lo saben. Pero como dice Rebeca Justicia: “existen muchas amenazas que se pueden convertir en oportunidades”. Y sobre todo, existen muchos actores en el territorio que luchan por conservar y están dispuestos a proteger la séptima Reserva de la Biósfera del Ecuador.

* Foto de portada: Sebastián Crespo – CONDESAN.

Artículo publicado por antonio
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