- Científicos ecuatorianos introdujeron a la naturaleza individuos de dos especies amenazadas del género Atelopus, también conocido como ranas arlequín.
- El hongo quitridio y el cambio climático provocaron la desaparición de al menos 40 especies del género en Latinoamérica desde los años 80.
- El Centro Jambatu ha desarrollado durante 15 años la tecnología para reproducir y criar ranas Atelopus en laboratorio.
- Sin embargo, científicos de otras instituciones advierten que los riesgos son altos y son escépticos sobre este tipo de reintroducciones en Ecuador.
A paso lento, técnicos del Centro Jambatu atravesaron la Cordillera de los Andes en dirección a los bosques nublados del Valle de Íntag, en Imbabura, Ecuador. Dentro del vehículo, llevaban ejemplares de la rana arlequín hocicuda (Atelopus longirostris), que había sido catalogada como extinta, pero que sobrevivió silenciosamente y en pequeños números en esta zona al occidente de Quito. Los anfibios a bordo fueron reproducidos en laboratorio y ese día de junio de 2025 iban a ser introducidos en la naturaleza. Los expertos creen que así podrían evitar la extinción de la especie.
Ya en Íntag, en la reserva privada Los Yaltes, los científicos se reunieron alrededor de un río que reunía las características del hábitat ideal de la arlequín hocicuda. Los acompañaron habitantes y defensores de la naturaleza de la zona. Con mucho cuidado, se liberaron uno a uno los renacuajos. Cuando el primero se aferró a una roca, resistiendo a la corriente y encontrando de manera instintiva alimento, el equipo vivió una de las mayores alegrías desde que en 2011 se logró reproducir ranas del género Atelopus en laboratorio.
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“Fue un momento muy especial y emocionante. Fue la primera vez que liberamos un renacuajo en el río”, dice Andrea Terán, coordinadora de investigación del Centro Jambatu de Investigación y Conservación de Anfibios.
Las 102 especies de ranas Atelopus están entre los anfibios más amenazados del mundo, de acuerdo con un artículo de 2023 publicado en la revista Communications Earth & Environment. “Las poblaciones de muchas de ellas declinaron desde 1980, principalmente debido al cambio climático en sinergia con el hongo quitridio [Batrachochytrium dendrobatidis]”, explica Luis Coloma, director del Centro. “A eso se suma la destrucción del hábitat, la actividad minera, la contaminación de los ríos”, añade.
Para protegerlas, en la década de los 90 se inició un programa de manejo ex situ (fuera de lugar) en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador. La meta era reproducirlas e introducirlas a sus hábitats naturales una vez que las amenazas estuvieran bajo control. Desde 2011, Coloma continuó con la investigación de manera independiente en el Centro Jambatu, fundado por él.

Tras años de prueba y error, en junio de 2025 finalmente hicieron la primera reintroducción. Un mes después se hizo un ejercicio similar, pero con individuos de Atelopus de Limón, otra especie de ranita arlequín que en 2010 desapareció de uno de sus hábitats en Limón Indanza, provincia de Morona Santiago, a causa de la construcción de una carretera y la operación de una mina de material pétreo, de acuerdo con Coloma.
Este esfuerzo es parte de la Iniciativa para la Resiliencia de Anfibios Tropicales (TARI, por sus siglas en inglés), liderada por la organización Alianza para la Supervivencia de Anfibios (ASA) y ejecutada a través de socios locales en Panamá, Colombia, Venezuela y Ecuador. Se trata de un proyecto ambicioso que se propone frenar la extinción de anfibios a través de la reintroducción de las especies y llevar el conocimiento al resto de Latinoamérica y después a África, el Sudeste Asiático y Oceanía, explica Gina Della Togna, investigadora panameña y directora ejecutiva de la Alianza.
Un hongo eliminó a las ranas arlequín

Las Atelopus también son conocidas como ranas arlequín por su coloración llamativa. Se distribuyen entre América Central y América del Sur. Ecuador concentra casi un cuarto de todas las especies conocidas, con 26 descritas, de acuerdo con Terán.
Antes de la ola de extinción, bastaba con salir a las zonas rurales de Cotopaxi, en el centro del país, para caminar entre ranas de diferentes colores y tamaños, donde la longirostris era abundante. Coloma atestiguó su desaparición y en 1986, los investigadores registraron por última vez a la especie. Después la buscaron por décadas en varias provincias hasta creerla extinta.
Algo similar sucedió con otras Atelopus. En el país, nueve están posiblemente extintas y el resto están amenazadas, señala Terán. Además, antes de que las Atelopus de Limón se desvanecieran de la quebrada Napinaza se descubrió que también estaban infectadas con el hongo.
Las desapariciones súbitas ocurrieron incluso dentro de áreas protegidas, lo que alertó al mundo de que algo “dramático” estaba pasando, recuerda Coloma.

Los investigadores descubrieron que cuando las temperaturas suben y la precipitación baja, las ranas se vuelven más susceptibles al ataque del hongo quitridio, presente en todos los ecosistemas. El también llamado Bd, por las iniciales de su nombre científico, causa quitridiomicosis. La enfermedad afecta la piel de los anfibios, un órgano clave para funciones esenciales como la respiración.
“Después de numerosas investigaciones sabemos que no menos de 40 especies [de Atelopus] han desaparecido o no se les ha vuelto a ver”, dice el científico.
Si bien el hongo quitridio afecta a diferentes géneros de ranas, las arlequín son especialmente vulnerables. Son muy sensibles a los parámetros físicos y químicos del agua, como la temperatura o la acidez, lo que las vuelve frágiles frente a cualquier alteración del entorno.
Otra posición sobre las reintroducciones

Santiago Ron, profesor de biología evolutiva de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador y experto en anfibios, considera que las reintroducciones de vida silvestre pueden tener un efecto positivo en la salud de las poblaciones. Un buen ejemplo es el programa de reintroducción de tortugas gigantes en varias islas de Galápagos. Pero es un caso excepcional, sostiene.
Las causas que provocaron la disminución de las poblaciones de ranas arlequín en Ecuador no están bien entendidas, señala. “[En ese contexto] las reintroducciones pueden no pasar de stunts [trucos] publicitarios luego de los cuales las ranas liberadas mueren rápidamente o, si sobreviven, nunca llegan a reproducirse”, advierte.

“Las reintroducciones acarrean riesgos muy grandes”, afirma Ron. Explica que entre los principales están las enfermedades que las ranas pueden adquirir cuando están en cautiverio y que luego pueden llevar a los lugares de liberación, con el potencial de afectar a toda la comunidad de anfibios.
Otro problema, añade el académico, es que las poblaciones silvestres pueden verse afectadas por la extracción. Un caso emblemático, cuenta, es el del redescubrimiento de la rana Atelopus ignescens en 2016. Para establecer un programa de manejo ex situ, se extrajeron más de 40 individuos adultos, pero la población en cautiverio no prosperó y eventualmente las ranas murieron. “La extracción de 40 adultos de una población pequeña puede tener efectos demográficos perjudiciales”, dice.
Años de ensayos

Del otro lado de la biblioteca, Coloma apuesta a la técnica y admite los retos. “Imagina llevar a estas especies con necesidades tan específicas al laboratorio para criarlas ahí, no es sencillo, tomó años desarrollar la tecnología”, explica Coloma. Replicar esas condiciones requiere conocer primero la biología de la especie en campo, algo que no siempre es posible. “Muchas especies se extinguieron o declinaron sus poblaciones antes de que se las pudiera estudiar”, puntualiza Terán.
Con la Atelopus de Limón, los primeros ensayos de reproducción comenzaron a mediados de los 2000. Las reproducciones exitosas llegaron en 2011 y criar a los anfibios se consiguió recién en 2014.
Cada etapa implicó resolver un nuevo problema, de acuerdo con la científica. Las arlequín son muy exigentes en cuanto a dónde ponen los huevos. En el laboratorio se replicó un ecosistema con el tipo y la posición de las piedras preferidas por las ranas, con agua corriente y con las condiciones precisas en cuanto a oxigenación, temperatura y otros parámetros químicos y físicos del agua.

Una vez que se logra la postura de huevos, los especialistas encargados de criar insectos e invertebrados en el Centro Jambatu tienen dos meses para tener alimentación variada y acorde al tamaño de los renacuajos.
Otro factor a considerar es el manejo adecuado de las densidades poblacionales de las ranas sin comprometer su salud. “La crisis de biodiversidad y la crisis climática no paran, eso hace que tengamos más presión por incrementar espacios”, señala Terán.
Los científicos del Centro Jambatu, de acuerdo con Della Togna, son pioneros en la veterinaria de anfibios en cautiverio, un campo en el que la información todavía es bastante limitada. “Son fuente de mucha información que está ayudando a muchos sitios alrededor del mundo a mejorar las prácticas”, asegura.
La participación de la comunidad

La conservación ex situ, coinciden los investigadores, no tiene sentido si no se protegen simultáneamente los ecosistemas. «Es una sala de emergencia», dice Terán. «No puedes vivir por siempre en una sala de emergencia».
En Íntag, donde comunidades están en tensión con varias concesiones mineras por los posibles impactos ambientales, la organización Defensa y Conservación Ecológica de Íntag (DECOIN) y la Asociación Ecoturística Ecojunín participan en la protección de la naturaleza y de la población silvestre de la rana arlequín hocicuda. “El valle de Íntag es un refugio climático, un refugio de especies”, resalta Terán.
La especie fue redescubierta en 2016 en la concesión de cobre Llurimagua, que estuvo en manos de la chilena Codelco y que será licitada nuevamente. Su presencia contribuyó a detener la extracción mediante un juicio donde se aplicaron los derechos de la naturaleza, reconocidos en la Constitución de Ecuador.

La reintroducción se hizo lejos de la población silvestre y en uno de los pocos sitios no concesionados a la minería en Íntag.
En Limón Indanza, el municipio ha tenido un rol significativo desde que se levantó la alerta por las amenazas que podrían poner en riesgo a las ranas. En el primer caso, limpió los escombros arrojados a la quebrada y rehizo el trazado de la vía y, en el segundo caso, clausuró la mina adyacente a la quebrada Napinaza.
En 2011, además, el Municipio declaró a la Atelopus de Limón como especie emblemática del cantón y otorgó protección a la quebrada. Después, confirmó su compromiso con la iniciativa de reintroducir la especie y abrió las puertas para la colaboración con los científicos.
La reintroducción es por ahora un experimento

La fortaleza del proyecto TARI es que los científicos intercambian los aprendizajes. “Las lecciones de Ecuador son sumamente significativas, principalmente en reintroducción de renacuajos, que es muy complicado”, destaca Della Togna. Este fue el primer país de la iniciativa en desarrollar técnicas de preadaptación para liberar a los juveniles.
Devolver ranas criadas en laboratorio a la naturaleza es, por ahora, un experimento. Las amenazas que provocaron su desaparición, el hongo quitridio y el cambio climático siguen presentes. «Son experimentos de reintroducción para entender cómo estos animales se adaptan y si sobreviven a los procesos”, explica la investigadora panameña sobre las iniciativas que se llevan a cabo en los cuatro países.
Es que con la reintroducción, las especies enfrentan el desafío de adaptarse a condiciones opuestas a las del laboratorio. «Nacen en un spa, con comida a la mano, sin depredadores, temperatura ideal y de repente hay que llevarles al bosque», detalla Terán.

“Hasta ahora no hay un solo caso documentado de reintroducciones exitosas de anfibios en el Ecuador. Por lo tanto, hay cierto escepticismo sobre el alcance de estos nuevos intentos”, dice Ron.
Tomará tres años de monitoreo comprobar que las parejas están reproduciéndose y, una vez que eso suceda, es posible que ya no se necesite la intervención humana. Si no se tiene éxito en este primer intento, los científicos seguirán ensayando otras alternativas hasta tener poblaciones que se autosustenten.
¿Por qué hacerlo? Coloma resalta que restaurar el buen funcionamiento de los ecosistemas y de las redes tróficas redunda en el bienestar humano. Y añade: “Necesitamos un planeta sano, que la evolución no se detenga y que la diversidad biológica esté floreciente”. Del otro lado, en base a experiencias previas, científicos como Ron consideran que los riesgos son mayores que los potenciales beneficios.
Imagen principal: ranas Atelopus de Limón liberadas en la quebrada Napinaza. Foto: cortesía © Steven Guevara S./Centro Jambatu de Investigación y Conservación de Anfibios