Mientras recorremos el camino, grupos de vicuñas que se alimentan del pasto, voltean con curiosidad para mirar a quienes pasan y luego continúan con su rutina. Este estado de tranquilidad solo pudo conseguirse con mucho esfuerzo. Por un lado se tuvieron que implementar medidas de control para frenar las actividades ilegales de los cazadores furtivos que buscaban la fibra del animal para venderla hasta por 1000 dólares el kilo. Y a este escenario, se sumó además la época de la violencia terrorista que amenazó con destruir todo lo avanzado. Por eso Hernán no se cansa de repetir que son afortunados. Son 200 000 vicuñas las que pueblan ahora los departamentos andinos del Perú.

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Pampas Galeras, la sobreviviente

 

“La próxima regresamos por ti, compañero”. Hernán Sosaya no olvida esta frase, tenía doce años cuando los terroristas de Sendero Luminoso le advirtieron que había llegado su hora. Lucanas, como otros distritos ayacuchanos, fue duramente golpeado por el conflicto armado. Entre 1980 y 1994 murieron 227 personas por la guerra interna, de acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación. En su casa de Pampahuasi, en la zona alta de Lucanas, cuenta Hernán que vivía su familia asustada por las personas que ya habían sido asesinadas en 1983, cuando amenazaron a Hernán. Tristemente, los nombres de dos de ellos figuran hoy en la lista de fallecidos: su madre y su hermano de tres años.

 

 

Hasta 1994, en Lucanas, para sobrevivir había que mantenerse en constante movimiento. Solo de esa forma podían evitar ser atrapados por Sendero Luminoso o las Fuerzas Armadas. Hernán Sosaya recuerda la cama improvisada que hizo con su padre en una cueva en los cerros. Es inevitable recordarlo cada vez que viaja a Lucanas. El resto del tiempo vive en Pampas Galeras, a una hora de su casa.

Galeras es también en el fondo una sobreviviente de la guerra. En 1988, la base y puestos de control de esta área protegida —la tercera más antigua del Perú— fueron clausurados y los trabajadores evacuados. Pero hasta ese año ya se había logrado establecer, por lo menos, el tiempo de vida de la vicuña y el período de gestación de esta. La información obtenida en este periodo de investigación fue usada luego para repoblar con vicuñas otras zonas del país de forma más ordenada.

Seis años más tarde, cuando el personal de guardaparques pudo volver, solo quedaba la mitad de la población de vicuñas que había sido recuperada con esfuerzo desde la creación de la reserva. “No tenemos exactamente el número que resultó ileso porque los censos regresaron recién a finales de los 90”, cuenta Reino Joyo. Con 41 años en la reserva, es uno de los guardaparques con más trayectoria del país y testigo presencial de la violencia en Galeras.

“Fue triste irse y triste regresar”, narra Joyo. Tuvieron que comenzar casi desde cero. Aquí es cuando comienza la relación entre Lucanas y Galeras, relación que se consolidó tras la firma de un convenio con el Estado peruano, que autorizó a la comunidad campesina a ser parte de las acciones de conservación de la vicuña y también a aprovechar la fibra a través del retiro del vellón de estos animales —como se suele llamar al pelaje de las vicuñas. Con el trabajo entre los ganaderos y los guardaparques se logró alcanzar la población actual. Y a este escenario hay que sumarle 10 000 vicuñas más, que son las que pueblan la zona de amortiguamiento de la reserva. La venta de fibra de vicuña se ha convertido en una actividad económica rentable para los pobladores de Lucanas.

 

 

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Trabajo en equipo

 

El 23 de mayo del 2017 la Reserva Nacional Pampas Galeras Bárbara D’Achille cumplió 50 años de creación. Y Corina Rojas, presidenta de la comunidad campesina de Lucanas, también cumplió la misma edad, ella dice que esos son los “designios del destino”.

Sentada frente a su escritorio en las oficinas de la comunidad, Corina habla de Pampas Galeras como una bendición. Ella nació en Lucanas cuando era común tener a una vicuña como mascota. “La gente tenía en su patio hasta al leoncito (puma andino pequeño), los criábamos como si fueran perros”, recuerda. Evitar que se la capture de forma indiscriminada fue una tarea difícil.

Corina sonríe mientras describe lo que ha logrado en este año de gestión. Ha conseguido aumentar el sueldo de los comuneros que se dedican a la esquila a S/ 1350 (US$414) y retomar el negocio con su principal comprador de lana, la firma italiana de tejidos exclusivos Loro Piana. Tampoco se le borra la sonrisa cuando cuenta todo el trabajo que tuvo que hacer para liberar 500 kilos de fibra de vicuña que fueron decomisados hace dos años, por un problema de papeleos.

 

 

“No fue por falta de certificación”, aclara. La comunidad campesina de Lucanas es una de las pocas organizaciones en el Perú que cuenta con certificado de procedencia e incluso ha firmado un convenio con el Servicio Forestal y de Fauna Silvestre desde el 2012, para vender su fibra bajo la marca Vicuña Perú. Este es un requisito impuesto desde la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (CITES) para los países que comercializan esta materia prima, como Bolivia y Argentina.

El ingeniero Víctor Cotrina, gerente del proyecto Vicuña de la comunidad, señala que está vigente hasta el 2021. “Esto es importante porque los precios del mercado empezaron a bajar por la comercialización de fibra de origen ilegal”, comenta Cotrina. De esta forma, el Estado garantiza la trazabilidad y legalidad de la fibra.

En la comunidad son cerca de 210 personas las que se dividen las tareas para la obtención de la tan ansiada fibra. El trabajo comienza con un grupo de 20 a 30 hombres que participan en el chaco, una práctica ancestral que se mantiene hasta hoy y que tiene como fin capturar y esquilar a las vicuñas. Se hace entre mayo y noviembre, pero la fecha central es el 24 de junio, el día del campesino peruano.

 

 

“Aquí se pueden capturar hasta 500 vicuñas pero luego de dejar de lado a las enfermas, en estado de gestación o que son muy pequeñas, se logra sacar el vellón de unos 150 ejemplares”, cuenta Reino Joyo. Aunque la comunidad es la encargada de esta acción, los guardaparques tienen gran experiencia en el tema. “Nosotros fuimos los que capacitamos a los comuneros”, agrega Hernán.

Luego del chaco hay que limpiar la fibra. Y de este trabajo se encargan las mujeres. Magaly, quien realiza esta labor desde hace 16 años, cree que ya nacen con las yemas de los dedos adaptadas para cumplir con esta tarea que requiere de mucha fineza y precisión.

Bajo fuertes luces blancas y sobre una mesa con un pote de grasa, las mujeres pueden obtener hasta un kilo de fibra limpia al mes, por esto reciben hasta S/.1000 (US$ 326). Magaly, que por su antigüedad tiene permiso para limpiar la fibra en su chacra, mientras cuida a su ganado, cree que aún el precio es poco justo. “Si pudiéramos crear sombreros o hacer prendas con esta fibra, lograríamos más ingresos”, comenta.

 

 

El ingeniero Cotrina menciona que desde hace un par de años, el crecimiento de la producción de fibra de vicuña en el Perú y Latinoamérica provocó un descenso en el precio de esta. Por un kilo de fibra se pagaba US$500 el kilo, hoy el monto bordea los US$390. Además, tuvieron un revés cuando perdieron el convenio con la firma Loro Piana, su principal comprador que les garantizaba un precio estable hasta el 2023. “Con esta nueva directiva hemos recuperado las negociaciones, pero nos proyectamos a tener una industria de prendas nacional”, dice.  

En el mercado internacional, Loro Piana puede vender un saco con fibra de vicuña a 13 000 euros (US$15 213). El plan de la presidenta Corina es sentar las bases para comprar la maquinaria que les permita una producción de artículos con esta fibra. “Llegaron el año pasado a darnos una capacitación desde el Ministerio de Producción, pero el plan se paralizó con los cambios políticos”, cuenta Corina. Para ella el aprovechamiento de recursos de Pampas Galeras debe ir más allá de la fibra de vicuña.

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El futuro de Lucanas y Galeras

 

El potencial paisajístico y turístico de Pampas Galeras se basa en el avistamiento de vicuñas y guanacos, pero también de cóndores, de bosques de queñuales y de restos preíncas y prehistóricos, como la pintura rupestre que se encontró en el área. La imagen hallada, claro está, es de una vicuña. Ante esto, la comunidad campesina de Lucanas ha planeado la construcción de un hospedaje frente a Pampas Galeras y quiere gestionar la conexión de comunicaciones y electricidad para la reserva. Hasta ahora, después de 50 años de creada, no cuenta con estos servicios.

 

Los antiguos habitantes de estas tierras habilitaban pozos para que las vicuñas caigan en ellos y las puedan esquilar y consumir sus carnes. Aún quedan restos de estas construcciones en la reserva. Foto: Vanessa Romo /Mongabay Latam
Los antiguos habitantes de estas tierras habilitaban pozos para que las vicuñas caigan en ellos y las puedan esquilar y consumir sus carnes. Aún quedan restos de estas construcciones en la reserva. Foto: Vanessa Romo /Mongabay Latam

 

Allan Flores, jefe de la reserva, cuenta a Mongabay Latam que aunque el interés por conocer Galeras es grande, no existe una infraestructura para recibir grandes grupos a la vez. “Registramos 3600 visitas al año por ahora porque tenemos pocos cuartos en la sede de la reserva”, dice Flores. Y agrega que el ingreso es gratuito porque aún no han desarrollado un plan concreto para la visita al área protegida.    

Mientras tanto, hay otros asuntos urgentes por atender. Luego de la erradicación de los cazadores furtivos dentro de la reserva, el principal motivo de muerte de vicuñas son los atropellos que sufren cuando cruzan la carretera Interoceánica en busca de fuentes de agua y pastos. “Hemos puesto señalética para que se baje la velocidad en zonas de tránsito de la vicuña pero igual tenemos al menos unas tres muertes al mes”, dice Mily Cárdenas, la guardaparque más joven de la reserva. Como parte del compromiso de la comunidad, Corina señala que están habilitando nuevas fuentes de agua natural dentro del área protegida para que la vicuña evite cruzar.

 

 

Este tipo de acciones y la reciente actualización de su plan de manejo de vicuñas los ha puesto en la mira del Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegida por el Estado (Sernanp) para ser los primeros en recibir el título de Aliados de la Conservación y obtener el “sello verde”. Flores cree que este reconocimiento permitirá aumentar el precio de su fibra en por lo menos US$100 el kilo, lo que significa que podrían cobrar por kilo en el mercado internacional nuevamente US$500. “Queremos que Pampas Galeras sea el proyecto piloto de este sello verde, una acreditación que garantiza que el producto es obtenido bajo estándares ambientales elevados”, añade Flores. El objetivo es trasladar este sello a todo el resto de recursos que son obtenidos de las áreas protegidas peruanas.

Dentro de la sede de la reserva, dos vicuñas permanecen resguardadas por los guardaparques desde hace unos meses. Parte del trabajo que ellos realizan es vigilar que las vicuñas siempre estén en manada. Si encuentran una pequeña sola, la recogen hasta que alcance la juventud y busque una nueva manada.

“Hay que darle leche a Nenita”, le recuerda Hernán a Mily. Como todas las tareas, también se turnan para alimentar a la nueva pequeña vicuña que rescataron. En la pizarra de su oficina están las horas que debe comer, unas cuatro veces al día. Mily Cárdenas alista el biberón y camina hacia la vicuña.

Se llama Nenita porque Nena era la vicuña que llegó antes, que ya debe regresar pronto a la vida silvestre. Nenita toma hasta la última gota de leche. Mily la acaricia por unos segundos. “Hay que tener cuidado con no domesticarla”, dice. Para todos, guardaparques y comunidad, es claro que ya no deben estar más en cautiverio. La vicuña, esa misma que simboliza nuestra fauna en el escudo patrio, siempre mereció la libertad.