- Un análisis de la organización Ecociencia encontró niveles de cobre, aluminio y manganeso superiores a normativas internacionales y nacionales.
- Las altas concentraciones de estos metales pesados representan una amenaza para los ecosistemas acuáticos y para la soberanía alimentaria del Pueblo Shuar Arutam.
- Unas 172 hectáreas fueron deforestadas por mineros que en su mayoría operan sin autorización de las comunidades.
- Un monitoreo comunitario registró 37 puntos de minería: cuatro de ellos estaban activos y el resto fueron abandonados, dejando atrás pasivos ambientales que ponen en peligro a los habitantes ribereños.
Dos lesiones por sarpullido debajo del ojo derecho molestan a Nunkui. Tiene cinco años y usa un vestido azul de mezclilla. Alicia Martínez, su madre, la carga para examinar su cuerpo. Encuentra otra lesión de unos tres centímetros de diámetro al final de su espalda. La pequeña nació más o menos en la misma época en la que mineros ilegales en búsqueda de oro invadieron el río Santiago con excavadoras, clasificadoras y otras maquinarias, en el sur de la Amazonía ecuatoriana.
Cuando Nunkui tuvo la edad suficiente para caminar y nadar –algo que los niños shuar aprenden pronto–, los mineros ilegales ya habían abandonado pozas que fueron usadas para separar el oro de la roca con la ayuda del mercurio. “Nos hemos criado en el Santiago, nadando, pescando, pero ahora pasa sucio”, dice Martínez. Su hijos no crecerán bañándose en las aguas de un río que para los shuar es sagrado. “Cuando no había minería, era cristalino”, recuerda. Ahora luce sucio, lleno de tierra.

La crecida del nivel del agua del río se llevó, aparentemente, las aguas tóxicas. Entonces, las pozas se convirtieron en piscinas para los niños de las comunidades ribereñas del Pueblo Shuar Arutam, advierte Elvia Martínez, hermana de Alicia. En 2024, un equipo de Mongabay Latam corroboró que grupos de niños pasaban horas jugando en estas aguas. Hasta que empezaron a presentar lesiones en la piel.
Los shuar ya lo intuían y un estudio realizado por la Fundación Ecociencia y el Pueblo Shuar Arutam, publicado en agosto de 2025, sostiene lo mismo: el agua y los sedimentos del río son tóxicos. “La minería en el río Santiago está causando una devastación ambiental significativa, manifestada en la deforestación, la contaminación del agua con metales pesados y la alteración de ecosistemas fluviales”, se lee en el informe.

El estudio encontró niveles de cobre, aluminio y manganeso superiores a la normativa canadiese, estadounidense y ecuatoriana, respectivamente. El monitoreo de la calidad del agua mostró una turbidez extremadamente alta, con valores que superan significativamente el límite establecido por la Organización Mundial de la Salud (OMS). Además, los investigadores hallaron valores alejados de los promedios considerados normales en la temperatura y el pH del río. “La turbidez extrema y los cambios en la temperatura y el pH del río son indicadores de degradación severa”, se señala en el documento.
También se realizó un monitoreo satelital que reveló la expansión de la actividad minera. Entre 2020 y mayo de 2025, 172.59 hectáreas fueron deforestadas en la ribera, en algunos casos adentrándose hasta a un kilómetro en los bosques que cercan el río. Solo entre enero de 2024 y mayo de 2025, hubo una expansión de 76 hectáreas, casi la mitad de toda el área afectada.
El río que se quedó sin peces
“Antes había bagres grandotes. Con anzuelo no más se sacaba”, asegura Segundo Ampán, un conocedor de su territorio que guió a técnicos de la Fundación Ecociencia en el recorrido para tomar las muestras de agua y los sedimentos del río. Mongabay Latam acompañó el monitoreo realizado en marzo de 2025.

El río Santiago es uno de los más importantes del suroriente de Ecuador, de acuerdo con el informe. Es un afluente principal de la cuenca alta del río Amazonas y es considerado fundamental para la cultura shuar, para sus conocimientos tradicionales y su espiritualidad.
Sobre una lancha y navegando el caudaloso río, Ampán recuerda que la ausencia de peces empezó a notarse en 2022. “En esa época había bastantes mineros. Lavaban cada tres días y mandaban al río bastantes químicos”, relata. Asegura que además de mercurio, se usaba cianuro. La pesca, que es “importantísima” para la soberanía alimentaria de los shuar, dejó de practicarse en el Santiago.
Mientras Ampán continúa con su relato, dos técnicos de la Fundación Ecociencia preparan los equipos y los implementos con los que analizarán la calidad del agua. Le piden al motorista que pare la lancha e introducen en el río una sonda multiparamétrica, que parece un micrófono alargado.
La sonda mide diferentes parámetros. Uno de los resultados más preocupantes fue el de la turbidez, porque presentó valores extremadamente altos que exceden los límites máximos permisibles, de acuerdo con el informe. Al medir el potencial de óxido-reducción se encontró que el río no tiene oxigenación óptima. La temperatura más elevada del agua fue de 27.26 grados centígrados en una poza de minería. Esto sugiere que el agua estaba estancada y que no recibía un flujo que le permitiera bajar su temperatura. La misma tendencia se observó en otras pozas remanentes de la minería.

El monitoreo de la calidad del agua se realizó en seis puntos del río Santiago y en un punto de control en el río Tsuis, que no tiene actividad minera. Se evaluaron sitios donde los sedimentos se depositan naturalmente. En cada parada, los técnicos tomaron muestras de agua y sedimentos para ser analizadas en el laboratorio y conocer la concentración de metales pesados.
El río Tsuis no presentó concentraciones de metales que superaran los límites máximos permisibles de las normativas ecuatoriana, estadounidense, canadiense y brasileña. La turbidez tuvo un valor significativamente bajo en comparación con los puntos del río Santiago.
Monitoreo comunitario
Al día siguiente, una docena de jóvenes shuar se reunieron en la comunidad Sharian. Allí, técnicos de Ecociencia les enseñaron a usar un sensor, que parece una grabadora de voz digital y que mide el pH, la conductividad, la temperatura y los sólidos disueltos totales.
Los técnicos explicaron a los monitores que los animales no pueden vivir si el pH es menor a 6.5 o mayor a 8 y que esos valores indican que algo está alterando la carga de partículas en el río. Por otro lado, si la conductividad es muy alta o muy baja, algo está alterando ese “voltaje”. Algo similar pasa con la temperatura, si es muy alta o muy baja, es una señal de alerta. Sobre la turbidez señalaron algo que los jóvenes reconocen bien: donde hay minería, la turbidez es mayor porque para extraer el oro los mineros remueven el lecho del río. El taller finalizó con prácticas en un río cercano.

“Nos va a servir bastante porque se creía que podíamos tomar esa agua, pero no se puede por la contaminación”, dijo sobre la capacitación Franklin Marián, uno de los jóvenes participantes. Él asegura que ha visto de cerca el impacto de la minería. Cuenta que las maquinarias, muchas veces viejas o dañadas por la humedad de la Amazonía, dejan a su paso una estela de aceites y combustibles.
Del 12 al 20 de marzo, los monitores shuar recorrieron 37 puntos de minería, de los cuales solo cuatro estaban activos y el resto inactivos. Encontraron que aguas abajo existe una clara tendencia al aumento de la temperatura y una ligera acidificación de las aguas. “Esto es perjudicial, ya que el agua caliente del río Santiago con pH bajo [más ácido] puede causar la muerte de los peces y otros seres vivos del río. También daña los procesos naturales que el río usa para limpiarse y autorregularse”, se detalla en el informe.
Existe, además, un ligero aumento en la conductividad del río, un indicador que está relacionado con compuestos químicos disueltos en el agua, y la fluctuación de sedimentos dentro del área de monitoreo es mayormente inestable.
En su recorrido, los monitores validaron el análisis satelital, que revela que 172.59 hectáreas fueron impactadas por la minería. El equipo hizo fotografías con dron para ver con mayor detalle las áreas deforestadas, la creación de piscinas para el procesamiento del oro, el amontonamiento de material pétreo extraído de las riberas y de los bosques, y las maquinarias trabajando.

Los jóvenes recogieron información que señala que la minería fue realizada por actores externos en 22 puntos y que las actividades se realizaron sin la autorización de la comunidad en 26 puntos. El 83 % de las áreas intervenidas carecían de reforestación, debido a la falta de interés de los propietarios y a la destrucción de los terrenos.
Una alerta en territorio
Si bien el estudio encontró que los niveles de cobre, aluminio y manganeso exceden varias normativas nacionales e internacionales, no sucedió lo mismo con el mercurio. Su concentración en el agua y en los sedimentos no supera ninguna normativa. Los técnicos de Ecociencia explican que esto se debe a que el río Santiago es muy caudaloso. Es decir, su autodepuración no permite que las zonas de minería analizadas concentren ese metal pesado en niveles preocupantes.
No obstante, los metales pesados representan una amenaza. El informe señala que metales como el aluminio y el cobre pueden dañar las branquias y el sistema respiratorio de los peces, causando asfixia. Mientras tanto, las plantas acuáticas pueden morir o crecer de manera anormal, alterando todo el ecosistema. Si los seres humanos, especialmente los niños, consumen agua contaminada con metales como el plomo, el manganeso o el aluminio, pueden sufrir afectaciones en su sistema nervioso. Asimismo, pueden presentar daños en órganos como los riñones o el hígado.

“Es una alerta para los que vivimos en el territorio”, dice Elvia Martínez, tía de Nunkui. Mientras la pequeña regresa a jugar lejos de la mirada adulta, su madre y su tía cuentan que no han podido acceder al sistema médico para obtener un diagnóstico y un tratamiento adecuado para las lesiones dermatológicas. Así como ella, aseguran las hermanas, muchos niños sufrieron por la picazón y la incomodidad que causa el sarpullido. Ahora tienen prohibido bañarse en esas pozas.
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Elvia Martínez mantiene la esperanza de que a medida de que el oro se acabe, los puntos que quedan activos dejen de ser minados para que la calma vuelva al territorio y la naturaleza se reponga poco a poco. Hasta julio de 2025, los operativos antimineros no habían logrado erradicar la minería ilegal de las riberas del Santiago. Mongabay Latam solicitó información sobre los operativos a la Agencia de Regulación y Control Minero (ARCOM), pero el organismo no respondió hasta la publicación del artículo.
Martínez no duda en ser una de las voces para visibilizar los impactos que deja la minería ilegal: “Que respeten los derechos de la naturaleza y nuestros derechos, nosotros, quienes vivimos en el territorio, nosotros somos los que quedamos afectados”.
Imagen principal: el equipo de Ecociencia usó una sonda multiparámétrica para analizar el agua del río Santiago. Foto: Ana Cristina Alvarado