- Un equipo del Instituto de Investigaciones Amazónicas SINCHI, sede Florencia, ha trabajado durante más de 25 años en la caracterización del bosque secundario en el departamento de Caquetá.
- Entre sus hallazgos se establece que la recuperación de ecosistemas de bosque secundario enfrenta retos como la alta degradación de los suelos, las amplias extensiones de pastos, el aislamiento ecológico y la vulnerabilidad funcional.
- El predominio de pocas especies vegetales en los bosques maduros influye en contra de la creación de nuevos bosques diversos.
- Las perspectivas para superar estos retos incluyen la recuperación productiva, el manejo transformativo del territorio, la recuperación y regeneración de áreas degradadas, así como prácticas que permitan imitar los patrones naturales de un bosque.
Farid Quintero Saldaña, propietario de una finca en la vereda Santa Rosa, en el municipio de Morelia, Caquetá, reconoce que la región donde vive tiene problemas “por la escasez de agua y la tala indiscriminada de bosque”.
Es por eso que Quintero conserva actualmente un bosque de 3000 árboles en aproximadamente 10 hectáreas de tierra. Aunque proviene de una tradición ganadera, decidió alejarse a toda costa de la idea de introducir vacas en su finca. Según él, los ganaderos tradicionales “ven un bosque, lo aprovechan y meten pasto hasta la orilla de las quebradas de agua de una forma muy despiadada”.
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Su idea es mantener su bosque en crecimiento a largo plazo, algo que, según dice, puede costar unos 15 millones de pesos al año (3800 dólares). “Yo tengo ese bosque para que me dé sombra, para andar, para que aniden los pájaros allí”, señala.
Desde hace varios años, estudios han establecido que después de 10 años de abandono de una zona que fue intervenida para ganadería, o para tala de madera, los suelos comienzan a mejorar sus propiedades físicas, químicas y biológicas.

A partir de varias métricas analizadas por investigadores del Instituto Amazónico de Investigaciones Científicas (SINCHI) se concluyó que la estructura del bosque tiende a mejorar con los años. Aspectos como la biomasa aérea, el área basal de los árboles —superficie que ocupan sus troncos en el bosque—, el diámetro a la altura del pecho, la densidad de la madera, entre otros, muestran correlaciones positivas a medida que el bosque va creciendo. Estos resultados se encuentran en un artículo publicado en 2025 en la revista Diversity.
Los bosques que se están regenerando en la actualidad son clave para cumplir metas como la Estrategia Nacional de Restauración en Colombia, que espera recuperar aproximadamente 753 783 hectáreas para este 2026. Sin embargo, la tarea no es sencilla porque este tipo de bosques suelen ser vulnerables a la pérdida de especies clave. De ahí la importancia de una regeneración natural asistida, un concepto en restauración que involucra al ser humano como agente activo.
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Manejo transformativo del territorio
Para la elaboración del estudio, el equipo de trabajo analizó 54 parcelas, cada una de 50 metros por 50 metros, que fueron seleccionadas de acuerdo con el tiempo que llevaban abandonadas después de haber sido usadas como suelos para pasturas. Se manejaron cinco rangos: sitios de menos de 10 años de abandono, entre 11 y 20 años, entre 21 y 30 años, entre 31 y 40 años, y por último, el bosque maduro que sirve de referencia para el análisis.
Muchos de estos terrenos forman parte de procesos que el Instituto SINCHI adelantó con campesinos para la recuperación de potreros y rastrojos, espacios que fueron utilizados como pasturas de ganado y que con el tiempo se vienen renovando con plantas y árboles para la formación de bosques secundarios.

El interés principal de la investigación era entender los procesos sucesionales de los suelos del Caquetá y del Amazonas, es decir, cómo van evolucionando en su composición con el paso del tiempo. Según explica Armando Sterling, investigador del Instituto SINCHI en Florencia y quien participó en el trabajo, “son suelos que tienen un perfil orgánico muy pequeño [una capa rica en materia orgánica muy delgada], de apenas unos centímetros”. En un inicio los suelos provenientes de la ganadería son frágiles y necesitan de biomasa para mantenerse fértiles.
Para Sterling, este estudio era necesario para generar protocolos y medidas para el manejo de ecosistemas degradados, al igual que para entender su estructura y dinámica. “Queríamos saber qué tan diversos y qué tan vulnerables son estos ecosistemas; encontramos 918 especies de árboles y es importante conocerlas para saber qué es lo que se va a introducir o reintroducir”.
Uno de los resultados más interesantes es que en los terrenos llanos, o de planicie, la recuperación de biomasa esperada a largo plazo es menor a la de los terrenos de montaña, a pesar de que la tendencia es contraria a corto y mediano plazo. En 10 años, el porcentaje de recuperación de biomasa es de 12.65 % en planicie y de 8.35 % en montaña. Mientras que a los 40 años es de 42 % en planicie y del 63.55 % en montaña. Esto se debe a que en la llanura el pastoreo ha sido más intensivo y el pisoteo ha sido más fuerte que a nivel de montaña.
A pesar de los esfuerzos por recuperar el ecosistema, se estima que el 70 % del bosque secundario que se encuentra en regeneración se convertirá en terreno para pasturas, perpetuando un ciclo de degradación. Según el investigador, “la conservación y la protección tienen que ser efectivas para que los bosques tengan una riqueza funcional”.
Según el Sistema de Información Ambiental Territorial de la Amazonía Colombiana SIAT- AC del SINCHI, entre 2002 y 2024 hubo un cambio de vegetación secundaria a pastos de 571 353 hectáreas en la región amazónica, mientras que la recuperación de pastos hacia vegetación secundaria fue de 344 676 hectáreas. Es decir, se deforestó más de lo que se recuperó.

A pesar de esto, Diego Hernández Gómez, quien tiene un proyecto de conservación en la finca Villanueva en Morelia, reconoce que “la balanza se está equilibrando”, pues ha visto que en su vereda muchos de los vecinos se han animado a crear áreas de bosque secundario. Su predio ahora es parte de una reserva natural de la sociedad civil.
En el paisaje caqueteño se suelen encontrar tres tipos de coberturas: pasturas degradadas (con baja densidad animal), bosques primarios (maduros y conservados) y bosques secundarios (en proceso de regeneración).
Las pasturas ocupan la mayor parte del terreno, pero su productividad es muy baja. “Si hacemos un recorrido al borde de la carretera principal del Caquetá, lo que vemos son amplias matrices de pasto pero muy poco ganado”, señala Diego Ferney Caicedo, investigador agroforestal del SINCHI.
El aislamiento en los bosques, generado por las pasturas, aumenta la pérdida de diversidad. El experto explica que hay zonas del Caquetá donde los procesos de regeneración son más lentos porque los bosques están rodeados por un “océano de pasturas”, lo que dificulta la llegada de semillas de especies valiosas.
Esta situación genera un aislamiento ecológico, pues a mayor distancia entre bosques habrá menos diversidad genética en las especies. Las semillas que quizás están en un bosque secundario ya no alcanzan a llegar al siguiente bosque en regeneración.

Una de las características de los bosques que están comenzando a crecer es la divergencia, por ejemplo, las funciones específicas que puede cumplir cierta especie clave harán falta para el correcto desarrollo de todo el ecosistema, lo que los hace totalmente distintos de los bosques originales. Es por esta razón que la restauración natural asistida —con ayuda humana— es uno de los mecanismos utilizados para aumentar la funcionalidad de los bosques en una etapa temprana de crecimiento, ya que cada especie cumple una función única y su desaparición puede afectar al conjunto del bosque.
Al hacer un manejo asistido del bosque “se aceleran las tasas de acumulación de carbono en biomasa aérea”, asegura Sterling. El bosque joven, aparte de que crece a un ritmo acelerado, acumula carbono más rápidamente que un bosque en etapa de madurez.
El reto y la responsabilidad para las fincas tradicionalmente ganaderas es sumamente importante para el proceso de renovación y restauración de los bosques secundarios. Natalia Núñez, joven bióloga que proviene de una familia dedicada a la ganadería en el Caquetá, afirma que existe un compromiso para “dar ejemplo y que las personas empiecen a cambiar algunas prácticas y acciones en el campo”.
La fragmentación ecológica suele conducir a la homogeneización biótica en los bosques maduros, lo que se traduce en bosque dominado por pocas especies de árboles. Es así como se ha perdido gran parte de la diversidad ecológica que algún día existió en la región. Esto implica que los nuevos bosques están teniendo menos diversidad funcional, es decir, menos riqueza taxonómica y menos cantidad de especies que cumplan roles diversos en los bosques. Una de las acciones para contrarrestar esto es hacer potreros más pequeños, “pasar de una ganadería extensiva a una ganadería intensiva y mezclarlo con proyectos forestales”, anota Núñez.
Precisamente, el concepto de corredores de biodiversidad ha cobrado fuerza entre los propietarios de fincas. El criterio principal para realizar este tipo de intervención es el de enlazar rastrojo a rastrojo, montaña a montaña, fuente hídrica a relicto: “Lograr que los bosques se vuelvan más diversos y quitarle espacio a las pasturas”, explica Bernardo Betancurt Padua, investigador del SINCHI.

La superficie de Caquetá es de unas 8 896 500 hectáreas. Betancurt asegura que en el departamento hay alrededor de 2 millones de hectáreas en pasturas, por lo que, sin duda, se requiere un gran trabajo para transformar estas áreas en sistemas más resilientes.
“Deben pasar unos 150 a 200 años para que estos bosques tengan una estructura parecida a la de los bosques primarios”, menciona Carlos Rodríguez, líder de la investigación. Para él, hay que crear e imaginar los bosques del futuro y reconocer que serán totalmente distintos a los que una vez conocimos.
El avance no es sencillo para las personas que viven en el bosque. El estimado económico de restauración por hectárea al año, según Rodríguez, está entre 5 y 7 millones de pesos colombianos (1500 dólares aproximadamente), llegando a alcanzar los 12 millones (3000 dólares aproximadamente) si se inicia un sistema agroforestal con un manejo continuo. Este factor es un inconveniente para pequeños y medianos productores que tendrían que hacer un esfuerzo de mediano a largo plazo para recuperar sus inversiones.
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Cambiando prácticas para conservar el bosque secundario
Durante el proceso de investigación del Instituto SINCHI, los investigadores trabajaron de la mano con distintos propietarios de fincas y terrenos. Armando Sterling cuenta que aproximadamente el 94 % de los predios en el Caquetá carecen de modelos agroecológicos y operan solamente con modelos tradicionales.
Por esta razón se ha venido trabajando en la restauración productiva y en la transición agroecológica. Esta transición implica sembrar especies de árboles frutales comerciales, así como especies cuyo objetivo es únicamente la conservación. De esta manera se puede cuidar un bosque y mantenerlo, pero también hacer un aprovechamiento sostenible.

Una de las fincas que ha adelantado un proceso agroforestal y agroecológico es la de Ferney Darío Vaquero, en el predio El Caucho, en el municipio de Belén de los Andaquíes. Desde 2008 viene trabajando con sistemas mixtos de copoazú (Theobroma grandiflorum), palma milpesos (Oenocarpus bataua), asaí (Euterpe oleracea) y caucho (Hevea brasiliensis), entre otras especies.
Vaquero lidera la Asociación de Copoazú de Belén de los Andaquíes (ACBA), que cuenta con más de 30 familias asociadas. Según explica, en este momento “hay un convencimiento por el rendimiento, ahora hay ganaderos que ven que el bosque sí se puede aprovechar”.
Levid Bermeo, quien también forma parte de la asociación, cuenta que este proyecto fue concebido como un codiseño con el SINCHI. “Las personas están tomando conciencia y diversificando las fincas”, asegura.
ACBA actualmente vende pulpa de frutas amazónicas en varias regiones del país y tienen un estimado de 40 hectáreas sembradas con copoazú. En época de cosecha pueden llegar a recoger hasta 600 kilos de fruta fresca al día. Por su parte, en la cosecha de asaí pueden recolectar hasta 700 kilos diariamente.
Julio Rozo y Jaime Parada, miembros de la organización Amazonía Emprende, tienen claro que para que los procesos de conservación y restauración funcionen “debe existir una licencia social”. En la organización quieren crear una red de viveros de especies nativas amazónicas a partir de semilleros de árboles tipo o de referencia, que conservan rasgos funcionales importantes para los bosques.

En un recorrido por el predio que Rozo y Parada han restaurado a las afueras de la ciudad de Florencia se puede apreciar el proceso sucesional del bosque futuro. “Acá hay un yarumo y aquí un balso que le genera sombra a este achapo, que lleva más tiempo ahí”, menciona Parada. “Estas son unas melastomataceas [una familia de plantas] que se presentan rápido, son de las primeras que aparecen en los rastrojos, son un caballito de batalla”.
Actualmente trabajan en un proyecto con un diseño florístico que permita que “con el tiempo vengan más funciones como la polinización o la dispersión de semillas por aves y mamíferos”. El diseño florístico le apunta a la reintroducción de especies para generar una restauración continua entre todos: plantas, animales y humanos.
El vivero experimental que tienen a las afueras de Florencia tiene una capacidad para 10 000 a 30 000 plántulas. También tienen otro proyecto de vivero mucho más grande en Morelia, Caquetá, con una capacidad de hasta 250 000 plántulas. Esta cifra puede parecer elevada, sin embargo, “si sembramos unos 1000 árboles por hectárea, son 250 hectáreas nada más”, afirman. Es por eso que afirman que el trabajo para restaurar miles de hectáreas requiere de un esfuerzo vehemente.
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El camino hacia la sintropía
“El ojo humano está acostumbrado al orden, a la cuadrícula”, menciona Jaime Parada. Para él, esta es una de las razones por las que nos perdemos en el bosque y quizá esta confusión es la que nos ha llevado a considerar este espacio como algo desordenado y caótico, que merece ser ‘limpiado’ o ‘quemado’.
Uno de los procesos que aprovecha ese aparente caos es la sintropía, una práctica ancestral de cultivo que se está retomando, en contraposición a los cultivos tradicionales en los que el monocultivo suele primar. Las prácticas sintrópicas se suelen definir como un conjunto de procesos con intervención humana que aprovechan las etapas de diferentes especies para lograr un ecosistema diverso y abundante.
“Probablemente la Amazonía en nuestra región es la cuna de la sintropía, allí es donde suceden todos los procesos sintrópicos de los cuales nos estamos pegando y estamos intentando aprender”, explica Natalia Sanín, cofundadora de Tierra Yai, un proyecto de agricultura sintrópica regenerativa en Antioquia. La Amazonía tiene muchos bosques prolijos, señala Sanín, y muchas especies comestibles fueron sembradas por las culturas que habitan allí.
De ahí que la clave en la sintropía sea el manejo de los cultivos. “La mayoría de proyectos de restauración que crean bosques secundarios van, siembran los árboles y se van. Para nosotros el componente humano es constante en el sistema, hacerle manejos al sistema es fundamental”, secunda Natalia Valencia, también cofundadora del proyecto.
Lo que se busca es un suelo vivo para que los microorganismos se alimenten y a la vez provean nutrientes a los cultivos. “La sintropía es la respuesta para que los suelos que consideramos pobres vuelvan a funcionar, es una solución para los suelos degradados”, apuntan desde Tierra Yai.
Para que la agroforestería sintrópica funcione se tiene que seguir una dinámica natural propia de las sucesiones ecológicas. Las primeras especies que se introducen en suelos pobres, descubiertos o faltos de nutrientes son especies rústicas que soportan sol directo y suelos ácidos. Estas plantas son las pioneras y “se convierten como en la sala cuna de las especies más exigentes. Su materia orgánica va a alimentar el suelo”, comenta Valencia.
“Estas son restauraciones aceleradas, son restauraciones que en 10 años ya puedes tener un bosque en un sistema como el nuestro”, aclaran, pues la sintropía acelera los procesos del bosque. Son las personas quienes intervienen para que ese proceso vaya más rápido, por medio de manejos, podas e incorporación de materia orgánica.
Estos sistemas agroforestales implican un cambio de mentalidad en el campo. No se trata de tener abundancia de productos de una sola especie, sino contar con una gran diversidad de especies para abastecer una economía familiar.

Nicolás Mejía, creador del proyecto Cultura del Monte, en Puerto Rico, Caquetá, reconoce que el proceso de cultivo desde la sintropía empieza “acoplándose a los procesos naturales de la tierra”. Para él, uno puede llegar con una idea de sembrar, de hacer o regenerar, pero muchas veces el territorio dice lo contrario.
En su caso se encontró con “un suelo deteriorado, degradado, en el que hubo un proceso de deforestación por la ganadería”. Entonces lo que suele pasar “es que la hormiga ataca y se te come un 80 % o hasta más de los cultivos”.
A medida que pasó el tiempo, en Cultura del Monte entendieron las necesidades de su territorio, las características del clima y del suelo, así como las especies que se podían empezar a introducir. “Cada vez hay más bichos [animales] que van llegando. El suelo empieza a cambiar, a tener otra estructura, se va volviendo más esponjoso, se vuelve chévere para sentirlo”, comenta.
El manejo sintrópico implica un autoconocimiento y un reconocimiento de las interacciones con el entorno. Es por esto que el camino de la restauración implica un trabajo continuo de las personas que habitan el territorio que se intenta recuperar. Quienes trabajan en este campo aseguran que los sistemas de bosque necesitan una intervención consciente para aumentar su funcionalidad y mantenerse en el tiempo.
Imagen principal: las actividades ganaderas se han empezado a juntar con los procesos agroforestales. Foto: Daniel Guerra