El cóndor (Vultur gryphus) es el pájaro por excelencia del continente. Antaño, su distribución abarcaba todo el espinazo andino, desde los picos venezolanos hasta Tierra del Fuego, aunque también hay referencias de su presencia en zonas más orientales. En Argentina, por ejemplo, existen pinturas rupestres que lo inmortalizaron en cuevas de la serranía cordobesa, en tanto que grandes naturalistas como Charles Darwin, Guillermo Hudson o el perito Francisco P. Moreno lo describieron junto a las olas del Atlántico en áreas del norte de la Patagonia allá por el siglo XIX; y en Perú está presente en la Reserva Nacional San Fernando, situada en la costa sur del país, en la región de Ica.

Desde hace varias décadas, sin embargo, la situación ya no es la misma y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluye a la especie dentro de la categoría de Casi Amenazado, con tendencia decreciente. Según se desprende de estudios como el efectuado por Sergio A. Lambertucci, los tres metros de envergadura del cóndor dejaron de sobrevolar el firmamento venezolano en los años 60 —más allá de algunas reintroducciones que se han intentado en los últimos años—, el número de ejemplares apenas supera el centenar en Colombia y Ecuador, la reducción ha sido notable en Perú y Bolivia, y solo en Argentina y Chile la población sigue siendo respetable, aunque el pronóstico de subsistencia indica una fragilidad alarmante.

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Víctima de los agrotóxicos y del plomo de las balas

 

La vida del Señor de los Cielos andinos se ha complicado en exceso. Su característica de ave carroñera la expone a las intoxicaciones, que constituyen la principal fuente de riesgo en la vertiente argentina de los Andes. La ingestión de las esquirlas de plomo que permanecen en las vísceras de los animales cazados con balas o, más grave aún, de los productos agrotóxicos que los ganaderos utilizan de forma indiscriminada para espantar a pumas, zorros o perros cimarrones han multiplicado en varias unidades el número de individuos afectados en los últimos años.

Del lado chileno, los accidentes con cables de alta tensión y los inconvenientes para encontrar alimento en invierno en zonas de alta población humana obligan al cóndor a buscar el sustento entre las basuras contaminadas de los rellenos sanitarios, e incluso a invadir terrazas y techos de los edificios más altos de las ciudades. Demasiadas rutas peligrosas, en muchos casos mortales.

 

 

Para colmo de males, todos estos problemas se conjugan con una tasa de reproducción extremadamente baja. El Vultur gryphus es una especie muy longeva —cada individuo suele vivir unos 70 años— que solo alcanza la madurez sexual al cabo de diez años. Por norma general, una pareja pone un huevo cada dos o tres años si está en libertad y dos si está en cautividad, de los que incuba uno. Demasiado poco para compensar tantos riesgos.

La suma de factores motivó que, en 1991, un grupo de entusiastas biólogos y veterinarios de la Fundación Bioandina y el Ecoparque de Buenos Aires pusiera en marcha en Argentina el Programa de Conservación Cóndor Andino (PCCA). Poco tiempo más tarde, sus pares chilenos encararon un proyecto semejante, y desde 2001 ambos países trabajan juntos y de manera coordinada para proteger a la más emblemática de las aves del continente en una tarea en la que también Bolivia participará próximamente.

Tanto en Argentina como en Chile la especie ocupa de norte a sur toda la cordillera andina. En la vertiente occidental el mayor número de ejemplares se ve en la zona central; en cambio, del lado argentino la distribución es más homogénea, aunque va disminuyendo a medida que desciende hacia el sur. Además, se encuentra también presente —en menor número— en las sierras de Córdoba y San Luis.

Saber con precisión el número exacto de la población de cóndores existentes en la actualidad es una misión imposible. Los cálculos estiman que rondaría entre los 5000 y 6500 individuos. “Los últimos estudios, todavía no aprobados científicamente, nos hacen pensar que el número es mayor de lo que creíamos, aunque el problema es la vulnerabilidad”, comenta Eduardo Pavez, presidente de la Unión de Ornitólogos de Chile y codirector del Programa Binacional. En todo caso, el amplísimo radio de vuelo de estas aves —hasta 300 kilómetros diarios a una velocidad máxima de 120 kilómetros por hora— torna muy complicada la realización de un censo preciso.

Los 28 años de existencia del PCCA han dado tiempo para investigar, aprender, equivocarse y perfeccionar los métodos. Para sufrir decepciones y celebrar alegrías. Por fortuna, estas últimas superan con creces a las malas noticias. Lo indican los números y también el entusiasmo de quienes se esfuerzan diariamente en el cuidado del cóndor.

181 ejemplares liberados con éxito, 51 pichones nacidos en cautiverio para después ser devueltos a la vida natural, merced a un muy estudiado sistema de crianza, un aceitado mecanismo de rescate y asistencia inmediata de individuos cuya vida pueda encontrarse en peligro atestiguan que la tarea va por buen camino. A esto se suma una enfática apuesta educacional y formativa en pos de que el cóndor recupere su lugar ancestral en la memoria colectiva.


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Aislar a los pichones para que no se conviertan en mascotas

 

En Palermo, la zona más verde de Buenos Aires, el viejo Jardín Zoológico de la ciudad ha mutado en Ecoparque, un sitio con fines muy diferentes al de otros tiempos. Refugio para investigadores y científicos, hospital para animales con problemas, residencia amable para aquellos ejemplares que no pudieron ser trasladados a otras instituciones, se trata de un pequeño rincón en la ciudad donde reina la calma.

En ningún otro punto el silencio se torna más notable que en la denominada Isla de los Cóndores. «Por favor, solo te pido que no hagas ruido. El aislamiento humano es una de las claves en nuestra relación con los cóndores», me pide Vanesa Astore, directora ejecutiva del PCCA, y explica los motivos: «Necesitamos que ellos no nos vean ni nos escuchen. Procuramos que no se mascoticen, que no identifiquen al humano como un amigo, porque justamente somos nosotros quienes los hemos puesto en peligro de extinción».

Los hábitos y costumbres del ave voladora más grande de América subyacen detrás de esa conducta sigilosa. Gregarios, territoriales, jerárquicos, monógamos y muy sensibles a cualquier tipo de modificación en sus rutinas, los cóndores deben ser tratados con extremo cuidado, casi como el que corresponde a una deidad.

Los ejemplares residentes en el interior de la Isla se agrupan o dividen de acuerdo al momento que atraviesan. Algunos se encuentran en tratamiento de rehabilitación; otros están en período de crecimiento; y unos pocos tendrán que permanecer por siempre, porque algún problema impide que vuelvan a volar en libertad.

Es el caso de Luney y Sacta, que ocupan la antigua condorera que servía para que los urbanitas de Buenos Aires pudieran ver de cerca al Rey de las Cumbres. El macho padece cataratas; a ella no le crecen las plumas primarias debido a una vieja herida. Formaron pareja hace algunos años, y de su unión en diciembre de 2018 nació Karut, “trueno” en idioma aonikenk o tehuelche, integrante de la familia de lenguas chon de la Patagonia. «Cada pájaro tiene su nombre, y todos son en alguna lengua de un pueblo originario, es nuestro modo de ayudar en la recuperación de las raíces autóctonas», aclara Vanesa.

 

 

El trabajo de las 9 personas que componen el personal fijo y las 25 voluntarias es incesante. La incubación de huevos llegados desde diferentes centros donde viven cóndores en cautiverio —hay 300 registrados por toda Latinoamérica— exige el control de la temperatura ideal en la sala destinada a la incubadora y rotaciones manuales durante dos meses, desde las 8 de la mañana hasta las 8 de la tarde, tal como lo harían los padres. El Centro del PCCA se ocupa de retirar el primer huevo que pone una pareja mientras deja que los progenitores se ocupen del segundo. La estrategia ha probado su eficacia para duplicar el número de nuevos individuos.

«Después, en el momento que un pichón casca el huevo, nos venimos todos a vivir aquí durante tres días hasta que nace», relata Vanesa Astore. A partir de entonces comienza un largo período de crianza simulada. Los bebés pasan primero a una guardería o nursery y después cada uno es alojado en una pequeña cueva donde cada dos o tres horas recibe el alimento de manos enfundadas en títeres de látex que simulan las cabezas de un ejemplar adulto, ya sea de ojos rojos y sin cresta como la hembra o de ojos marrones y con cresta como el macho, dado que la intención es copiar con la mayor fidelidad posible lo que ocurre en la naturaleza.

“A medida que pasa el tiempo, el pichón se va animando a salir a la intemperie y va descubriendo que hay otros cóndores cerca, toma fuerzas y empieza a convivir con los demás”, relata la doctora Astore. El siguiente paso ya está cerca de producirse.

 

 

El cóndor es un ave muy particular. Nadie alcanza el grado de deidad por pura cuestión de cualidades físicas. Sus conductas, su mirada, su porte “hablan”, transmiten mensajes solo audibles para aquellos dispuestos a escuchar lo que dicen. “Nosotros tenemos que observar su vuelo para definir qué consejo nos está dando”, dice el Taita Carmelo y lo ejemplifica: “Si viene del poniente al saliente seguro nacerá un niño; si es al revés, algún anciano dejará de existir. A través de sus actitudes —hacia dónde vuela, cómo y cuándo se para, qué hace— nos anuncia las tormentas, las lluvias, todo”.

El ancestral trato de preferencia que el cóndor ha recibido en las regiones andinas fue disminuyendo a partir de la colonización europea. “La ambición del hombre occidental, que se cree dueño de la tierra, ha intentado extinguir al cóndor como parte de la imposición de su cultura”, dice convencido el anciano líder, quien dicta cursos sobre temas de historia y tradición quechua en varias universidades de Buenos Aires. Que el mayor y más siniestro plan de imposición de ideas y exterminio de opositores perpetrado en el continente en los años 70 y 80 del siglo pasado recibiera el nombre de Cóndor es, en ese sentido, la más cruel de las metáforas.

“La protección y la forma de honrar al cóndor se mantiene vigente e intacta en los pueblos que no perdieron su lengua, como los aymaras o los quechuas. En cambio, a los mapuches, los vilelas o los diaguitas tuvimos que volver a explicarles el significado sagrado del ave”, resume Carmelo. Desde hace más de 20 años que el trabajo que realiza la Fundación Bioandina se articula sobre dos ejes, el científico y el espiritual, “porque en la medida que la gente de las zonas donde vive el cóndor comprenda que su futuro y el de la humanidad están ligados se sentirán más comprometidos en su cuidado”, concluye el jefe llegado desde el Altiplano boliviano.

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Con la liberación comienza un duro trabajo de seguimiento

 

La memoria también ocupa un lugar en la sierra de Pailemán. Se trata de un pequeño macizo de 330 metros de altitud casi desprovisto de vegetación situado en la provincia de Río Negro, en la Patagonia Norte, a unos 150 kilómetros del océano Atlántico y 1200 kilómetros al sur de Buenos Aires. En ese solitario paraje se desarrolla el proyecto “Retorno del cóndor al mar”, nacido en 2003 con la idea de recuperar la presencia del ave en la zona. Pero al mismo tiempo, el sitio sirve como escuela de vuelo para los pichones que crecieron sin sus padres.

La base de campo del PCCA se encuentra en la planicie superior de la elevación. Allí son trasladados los ejemplares juveniles criados en el Ecoparque porteño, siempre en pequeñas bandadas de 4 o 5 integrantes. “Un cóndor adulto recuperado de algún tipo de enfermedad puede ser liberado solo, los que crecieron en cautividad necesitan estar en grupo para sentirse confiados”, explica la doctora Astore.

 

 

La base tiene la particularidad de ser atravesada por columnas térmicas de aire en las que los individuos jóvenes aprenden a planear casi como si fuese un juego. Con un peso medio de 15 kilos, un cóndor adulto gastaría todas sus energías si tuviera que aletear permanentemente durante el vuelo. Necesita utilizar las térmicas para ganar altura y mantenerse por más tiempo sin bajar a tierra, lo cual le permite ampliar el área de búsqueda de alimentos. Pailemán es el aula ideal para aprobar esa materia.

“Durante dos meses mantenemos a la bandada dentro del recinto para que se aclimaten. Cumplido ese período les colocamos un transmisor satelital (cada uno cuesta 5000 dólares, varias instituciones francesas financian su compra) y una banda alar numerada para tenerlos controlados e identificados; después los liberamos”, explica Martín Magaldi, guardaparque y asistente de campo del PCCA.

A partir de ese instante comienza el trabajo más duro. Magaldi lo relata con placer y orgullo: “Durante 4 o 5 meses cada uno de nosotros se ocupa de un cóndor y lo seguimos a la distancia por el campo, con camioneta o a pie desde que sale el sol hasta que se pone. Por la noche, si no vuelve a la base, nosotros regresamos a buscar agua y comida y se la dejamos para que pueda alimentarse y continuar con sus prácticas al día siguiente”. El proceso concluye cuando los ejemplares que rompieron sus cascarones en pleno corazón de Buenos Aires o llegaron allí al poco tiempo de nacer pasan a ser absolutamente libres.

El proyecto, por otra parte, ya ha logrado cumplir su meta de que el cóndor recupere la ruta entre el mar y la montaña, distante 500 kilómetros. “Tenemos registrado un ejemplar macho que vivió durante 8 años en la cordillera y volvió para nidificar en Pailemán”, informa con entusiasmo Magaldi.

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Un estandarte de la conservación de la naturaleza

 

Muy lejos de ese lugar, en Chilecito, La Rioja, en el noroeste argentino, la geografía es totalmente diferente. Los montes se elevan por encima de los 4000 metros y cambian de color según sus propiedades minerales. Acaba de comenzar el otoño a principios de abril y el clima todavía es cálido. Durante las semanas previas, los responsables del PCCA se han ocupado de difundir a través de los medios de prensa, de charlas en las escuelas de los pueblos de alrededor y con las autoridades locales que dos cóndores van a ser liberados, una vez restablecidos de los males por los que habían sido trasladados al hospital del Ecoparque. Como subraya Eduardo Pavez: “El cóndor es una especie tremendamente potente en términos de imagen, muy carismática, y por lo tanto es un excelente carro de batalla para transmitir el concepto de conservación de la naturaleza en el sentido más amplio posible”.

 

 

El día señalado varios centenares de personas, entre ellos muchísimos niños, se agolpan en el lugar donde tendrá lugar el acontecimiento. Es el momento culminante, el de mayor emoción para todos los implicados en el programa de conservación. El Señor de los Cielos está a punto de recuperar su reino. La expectativa es máxima.

Los encargados de la liberación abren las cajas y los ejemplares, un adulto y un subadulto, se asoman a la inmensidad de la cordillera. Por unos segundos el tiempo se detiene. Los pájaros parecen respirar profundo, como si quisieran recuperar el aroma de su feudo. Entonces giran lentamente sus cabezas a uno y otro lado, observan el estallido de alegría de los espectadores y entonces sí extienden sus alas y emprenden el vuelo. Una niña de ojos asombrados se da vuelta y grita para que la escuchen: “¡Me miró! ¡El cóndor me miró!”, y quienes la oyen no pueden reprimir las lágrimas. Saben que el círculo ha quedado completo, que la semilla ha sido implantada y que siempre habrá alguien dispuesto a renovar la lucha por conservar la vida del Mallku kunturi, del pájaro guía de Sudamérica. Pase lo que pase y generación tras generación.

Imagen principal: PCCA/Fundación Bioandina/Ecoparque Buenos Aires.

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Artículo publicado por alexa
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