Rodríguez explica que cuidar los bosques a través de su aprovechamiento no es una idea del todo nueva. Dejando aparte los usos sostenibles que han tenido desde siempre comunidades indígenas y étnicas, ya en la definición de las reservas forestales de ley segunda, de 1959, se hablaba de la economía forestal y del uso sustentable de la tierra (esa ley estableció siete zonas de reserva forestal en el país, aún vigentes, y estrategias de uso y conservación de agua, suelos y bosques). Las primeras iniciativas en Colombia estuvieron dirigidas a concesiones para que empresas privadas hicieran aprovechamientos sostenibles, “pero ahora se está hablando de concesiones comunitarias; que la comunidad que vive ahí pueda ser la que aproveche ese bosque, lo use, lo transforme, lo comercialice y lo cuide”.

El concepto de forestería comunitaria, muy extendido en países como Guatemala y México, en donde hay experiencias exitosas de más de 30 años, empezó a usarse en Colombia de manera generalizada desde 2018, según explica Adriana Yepes, ingeniera forestal y asesora regional de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y su agricultura, por sus siglas en inglés) en temáticas de manejo forestal sostenible y REDD+. En ese momento, el país estaba en el proceso de construcción de la que terminaría llamándose Estrategia integral de control a la deforestación y gestión de los bosques: Bosques territorios de vida.

“Se trata de una estrategia que el país sometió a la Convención de Cambio Climático en Naciones Unidas y ahí lo que se hizo fue reivindicar este concepto de forestería comunitaria, partiendo de la idea de que tenemos más del 50 % del territorio nacional en bosques en pie, en donde hay comunidades que viven de ellos y hay un potencial para mejorar la participación del sector forestal en el Producto Interno Bruto”, explica.

Poner en marcha estas iniciativas depende, sobre todo, de la voluntad de quienes las impulsan y de quienes participan de ellas. Para los primeros, implica asegurar un acompañamiento de entre 10 años y 15 años, para los segundos, superar la desconfianza inicial y apostarle a algo cuyos frutos no se verán de inmediato. Para todos significa asumir una cantidad de trabajo descomunal.

El equipo de la FCDS carga y transporta plántulas que luego son repartidas entre participantes de los proyectos. Foto: Nicolás Acevedo/FCDS

Quienes formulan los proyectos de forestería comunitaria dicen que para llevarlos a cabo es necesario habilitar condiciones técnicas, legales y sociales. Esto significa, asegurarse de que los participantes conozcan cuáles son los productos del bosque con los que pueden trabajar, sus usos y la mejor manera de aprovecharlos respetando el entorno. Pero también que conozcan sus deberes y derechos sobre la tierra, obtengan los permisos de aprovechamiento y encuentren formas de asociarse. Esto último es clave.

Jalonados por el gobierno, la cooperación internacional y la empresa privada, hoy existen iniciativas en todas las zonas del país donde hay deforestación. Muchas de ellas son también las más golpeadas por el conflicto armado, lo que le da otra dimensión a la forestería como herramienta de construcción de paz. La estrategia gubernamental que busca convertir los focos de alta deforestación en núcleos de desarrollo forestal acoge los principios de la forestería comunitaria, en donde además de la conservación y del aprovechamiento de los bosques, el impulso a nuevos modelos de gestión asociativa es fundamental. En palabras menos técnicas, la forestería comunitaria, para ser exitosa, depende del trabajo colectivo.

En el Guaviare, eso significa superar décadas de relaciones sociales fracturadas por el individualismo propio de las dinámicas de colonización y la economía de la coca.

Todo parece conspirar contra la selva

William Duarte llegó al Guaviare en 1987, tenía 20 años y venía del Tolima. Por su finca, en la vereda La tortuga, pasa una quebrada de aguas tibias y transparentes de las que bebe directamente mientras las mariposas se posan confiadas en su cabeza. De los primeros años recuerda que todo era selva, que los trayectos que hoy se hacen en un par de horas, antes se hacían en un día porque no había carreteras. Tampoco había vacas, no tantas. Pero sí mucha coca. Fue raspachín (recolector de hoja de coca), tuvo sus propias plantas, hizo de “químico”, vivió la bonanza de la coca, pero también el declive del negocio por las fumigaciones y el control de la guerrilla que hizo difícil vender las hojas.

En 2016 acabó con las últimas matas que tenía y se acogió al Plan Integral de Sustitución de Cultivos Ilícitos (PNIS), el cual dice —como la mayoría de los campesinos entrevistados— funcionó el primer año y luego no se supo más. Ahora vive de las gallinas, los pollos, la venta de otros animales y de la leche que le vende por litros a una quesería cercana: siete litros diarios en promedio que le dejan ocho mil pesos de ganancia (unos dos dólares). En toda esta región, la leche sustituyó la coca, pero no los buenos dividendos que dejaba.

William Duarte, campesino de la vereda La Tortuga, está inscrito en programas de forestería, pero pide incentivos gubernamentales para para poder vivir de la conservación. Foto: Nicolás Acevedo/FCDS

Duarte participa en proyectos de forestería por los cuales se comprometió a mantener 10 hectáreas de selva de sus predios, entiende la importancia de conservar, pero su reclamo es directo: “¿Dónde está la plata?”. Como muchos campesinos de la región, le pide al gobierno la implementación de proyectos de pago por servicios forestales que los incluya y sirva para complementar los ingresos.

Ha tenido la tentación de vender parte de su finca, pero asegura que los posibles compradores no están interesados en comprar selva, “me dicen ‘hombre, si fueran cincuenta hectáreas de potrero, ya le compraba’”. Y cuenta que algunos conocidos, cuando lo ven sembrando, se burlan, le dicen: “ ¿Pa qué siembra?, vea todos esos palos que tiene de acá pa allá y usted sembrando más. Haga potreros’”.

Raúl Gómez, ingeniero forestal, santandereano pero guaviarense por adopción, es el coordinador en terreno de los programas de forestería de la FCDS en el departamento. Explica que cuando se fue la coca, la deforestación se intensificó, entre otras razones porque ahora para que los campesinos puedan ganar el mismo dinero que hacían con tres hectáreas de coca, necesitan entre 30 y 40 hectáreas de pasto para ganadería. “Antes la gente no sembraba ni plátano porque la coca se los daba todo y ellos luego compraban en el pueblo lo que necesitaban”.

Hermides Moreno es el representante de la Cooperativa Multiactiva Familias del Chiribiquete (Coomagua), conformada por 90 familias de la región que buscan alternativas sostenibles para rentabilizar los bosques. Moreno dice que la coca estableció una cultura de dinero fácil que antes no existía. “Eso fue cambiando la mentalidad del colono que entró hace más de 40 años… por eso ahora a muchas personas les cuesta echar para atrás, que si no es coca entonces no se puede vivir, que si no es ganadería, entonces no se puede vivir. Ese es uno de los retos que tiene la Amazonía toda, no solo el Guaviare”.

Hermides Moreno es el representante de Coomagua, una cooperativa que reúne a 90 familias que buscan nuevas alternativas a través de proyectos sostenibles. Foto: Camilo A. Amaya G.

Todo parece conspirar en contra de esta idea de conservar el bosque y aprovecharlo: el hambre inaplazable, la facilidad para acabar con la selva y la dificultad para restaurarla, la nostalgia de la coca, las distancias, los problemas para consolidar un mercado nuevo, el conflicto armado que sigue latente, las vacas, los acaparadores de bolsillos llenos que pagan por tumbar… La realidad del Guaviare.

Lo sorprendente es que en ese entorno haya cada vez más familias sumándose a estas iniciativas. El camino lo abrieron instituciones como el Instituto Amazónico de Investigaciones Amazónicas, Sinchi, o proyectos como GEF Corazón de la Amazonía (implementado por el gobierno de Colombia con recursos del Global Environmental Facility). Desde 2017, la FCDS, con recursos aportados por la Embajada de Noruega, está implementando en Guaviare y Caquetá uno de los programas de este tipo más ambiciosos del país. Los dos departamentos suman 515 familias inscritas, 364 de las cuáles están en 32 veredas del Guaviare.

La forestería está dictada por las necesidades del entorno, pues no es lo mismo trabajar el tema en las selvas del Pacífico que en el Guaviare ni hacerlo con comunidades indígenas que han heredado saberes ancestrales que con campesinos que no tienen un conocimiento tan profundo de la naturaleza. Dentro de estas actividades, hay algunas tan diversas como el aprovechamiento de productos no maderables, como el seje y el asaí; la instalación de viveros para restaurar o enriquecer bosques, el aislamiento de las zonas de ronda para preservar las fuentes hídricas, la crianza de abejas nativas (meliponicultura), el turismo de naturaleza o la construcción de corredores productivos que, además de ofrecer seguridad alimentaria, sirven para conectar los parches de bosques que están separados por potreros.

La crianza de abejas meliponas es una de las actividades de forestería comunitaria que se realizan en el Guaviare. Foto: Camilo A. Amaya G.

“Los dos proyectos que más atraen gente son los sistemas agroforestales, en donde usted cultiva árboles para mejorar el ambiente y, más adelante, esos árboles le van a producir frutos o madera. Y el segundo, que está muy a la par, es el aislamiento de zonas de Ronda. La gente se dio cuenta de que la embarró tumbando demasiado cerca de los caños o tumbando hasta el caño y que con estos veranos fuertes y el cambio climático se le han secado las fuentes hídricas”, explica Gómez.

La gente se inscribe de forma voluntaria y, de acuerdo con las características de sus fincas y del ecosistema, construyen proyectos con la asesoría técnica de la fundación. El acompañamiento, desde la formulación hasta la implementación, es primordial para el éxito de las iniciativas. Ingenieros forestales, técnicos de campo, viveristas, expertos en abejas, especialistas de planificación predial, entre otros, hacen parte de un equipo de más de 20 personas que todos los días cubren el trayecto de San José a las zonas rurales haciendo tallere​​s, midiendo predios, transportando plántulas, realizando planes de aprovechamiento. De ellos poco se habla, pero sin su trabajo nada de esto sería posible. En unos años, si todo va bien, las propias comunidades tomarán las riendas para avanzar por su cuenta.

No son inmediatos, pero algunos resultados ya son visibles. En el corregimiento de El Capricho, vecino del Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete, en la actualidad se han consolidado 191 iniciativas de bosques productivos y se han levantado cerca de 90 kilómetros de corredores entre parches de selva. También han empezado a superarse las barreras burocráticas; recientemente las 90 familias de Coomagua recibieron dos permisos de la autoridad ambiental para hacer aprovechamiento sostenible de seje y asaí que permitirán la conservación de 8000 hectáreas bosque.

Que entre 2022 y 2023 la deforestación en El Capricho se haya reducido en un 40 % —según datos de la FCDS— también se explica, al menos en parte, por el cambio de mentalidad que ha traído la forestería comunitaria.

Esperanza en El Capricho

En línea recta, el corregimiento de El Capricho está a unos 30 kilómetros al suroccidente de San José. Pero para llegar allí, se necesitan dos horas en camioneta bordeando la serranía de La Lindosa y adentrándose en caminos destapados que, cuando no llueve, sueltan un polvo ocre que se pega en la piel y la ropa. Son los comienzos de octubre y hace un calor húmedo y aplastante que, para la fecha, resulta excesivo. En cierto punto, los vehículos circulan con los vidrios abajo y los motociclistas sin cascos. Esa es, en estas tierras, la ley que imponen las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), la guerrilla que en 2016 firmó la paz con el gobierno colombiano, pero de la que quedaron grupos disidentes que bien no se acogieron al proceso o se distanciaron después. Afuera del casco urbano de San José mandan, aunque no se ven, y nadie los llama disidencias; como si nunca se hubieran ido.

Recientemente la guerrilla, que tiene la prohibición de no deforestar sin su autorización, también les ordenó a los dueños de predios contiguos a las carreteras que talaran 50 metros hacia dentro, dicen que para tener mejor visibilidad. Así que durante todo el trayecto se encuentran cadáveres de árboles tumbados y quemados que hasta hace pocos días eran bosque. Pueden verse monos cruzando la carretera por las ramas de los árboles que aún quedan en pie y guacamayas rojas y ruidosas sobrevolando las praderas.

Por orden de las disidencias, los dueños de predios colindantes con carreteras tuvieron que talar una franja de 50 metros dentro de la selva. Foto: Nicolás Acevedo/FCDS

El Capricho son seis cuadras con edificaciones bajas a lado y lado de la carretera, poco más de 600 metros de un extremo a otro. También lo conforman las veredas aledañas. Entre quienes viven en el pueblo y en las afueras suman algo más de 1800 personas y, de todas estas, quizás las más célebres son las Caprichosas.

Martha Galeano, Flor Acevedo y Flor Marlén Gaitán ya saben cómo lidiar con los periodistas que las buscan para que les cuenten la historia de “Caprichosas, delicias del bosque”, el emprendimiento en el que venden helados, tortas, galletas, gelatinas, mermeladas y bebidas sacados de frutos de la selva como el seje, el asaí o el copoazú (Theobroma grandiflorum). De sí mismas dicen con orgullo que no hay que “arriarlas sino atajarlas”, porque toman cualquier oportunidad que se les cruce para trabajar en temas de conservación. Con forestería trabajan con viveros, abejas meliponas (sin aguijón) y corredores productivos. Dicen que, al igual que ellas, muchas personas están cambiando su forma de pensar.

“Hay gente que solo trabaja en la finca y no sale a una reunión, entonces es gente que no tiene esa conciencia de que a la naturaleza no hay que tumbarla. Pero también muchísima gente se está dando cuenta del calor que nos está afectando y están mirando que no hay que tumbar selva sino bregar a cuidarla”, dice Flor Marlén.

Flor Marlén Gaitán es una de las tres mujeres detrás de ‘Caprichosas, delicias del bosque’, un emprendimiento en el que venden alimentos hechos con frutos selváticos como seje y asaí, y que está demostrando que este tipo de iniciativas sí son viables. Foto: Nicolás Acevedo/FCDS

Martha Galeano recuerda que en 2016, cuando el negocio de la coca empezó a decaer, la situación económica para los habitantes del pueblo se complicó. Quienes tenían los medios empezaron a subsistir del ganado, y los demás tuvieron que arreglárselas como pudieron. Para ella y un grupo de vecinas la respuesta fue juntarse para trabajar y buscar proyectos que las beneficiaran como colectivo. Entonces crearon Asofaprocagua (Asociación de familias productoras Capricho Guaviare), de la que ella es representante legal y de la que hacen parte 37 personas, 30 mujeres y 7 hombres.

Fue gracias al nombre impronunciable de la asociación que la gente, para ahorrarse el esfuerzo, empezó a llamarlas Caprichosas. Al mismo tiempo, ellas tres (y dos compañeras más que luego se retiraron) decidieron crear la heladería. Con el apoyo de la FCDS y de la cooperación montaron el local y recibieron capacitaciones.

Apenas llevan poco más de un año y dicen que aún no reciben ganancias; saben que llegar hasta allá les tomará tiempo. Son pacientes: “Nos faltan permisos, nos falta dar a conocer más los productos, porque la gente no los conoce. En los mercados campesinos o donde vayamos los llevamos, estamos rompiendo esa cortina. Estamos empezando a gatear”, dice Martha Galeano.

La importancia de ese pequeño negocio es que está demostrándoles a los incrédulos que el aprovechamiento sustentable del bosque puede lograrse a través de modelos de negocio reales. De momento, quienes están inscritos en los programas lo hacen como una actividad paralela a otras, como la venta de leche y la ganadería, de donde sacan el sustento. En el futuro se espera que la forestería empiece a proporcionar cada vez más ingresos, pero para ello falta recorrer un camino largo en el que la mentalidad emprendedora y comunal será primordial en la creación de mercados por ahora inexistentes.

Un liderazgo femenino inusitado está creciendo en el Guaviare. Martha Galeano es una de las fundadoras de las Caprichosas y representante legal de una asociación que reúne a 37 familias inscritas en proyectos de forestería comunitaria. Foto: Nicolás Acevedo/FCDS

Hasta ahora las Caprichosas han andado un camino aún más difícil, subvirtiendo un orden patriarcal y generando unos liderazgos femeninos improbables hace apenas unos años en estas tierras. No son las únicas, pues cada vez más mujeres campesinas están asumiendo roles por fuera del hogar. “Antes el esposo era el patrón y la esposa se levantaba a las tres o cuatro de la mañana para hacer el desayuno para los raspadores, después de acostarse a las 10. ¡Y no veía un peso! Ahora las mujeres tenemos más libertad, nos hemos empoderado más”, afirma Martha Galeano.

Son cerca de las tres de la tarde, pero se diría que son las seis. En el cielo se instalan unas nubes oscuras que desprenden unos rayos que poco a poco se van acercando y hacen temblar la tierra en El Capricho. Mientras abren uno de los cajones que albergan cientos de abejas, las Caprichosas explican que las rescatan de los sitios de tala y quema adonde acuden al llamado de vecinos y conocidos que conocen su vocación de conservación. Con una jeringuilla extraen una miel clara, dulce pero no empalagosa, que para ellas es ya una retribución por su trabajo.

Gotas gruesas se desgajan del cielo con más frecuencia hasta que la tormenta se consuma sobre sus cabezas y las obliga a salir corriendo entre risas. Las Caprichosas son la prueba de que en el Guaviare las historias y los paisajes parecen repetirse, pero no están condenados a perpetuarse. De que la coca y las vacas no son el único camino posible.

* Imagen principal: William Duarte, campesino de la vereda La Tortuga, está inscrito en programas de forestería, pero pide incentivos gubernamentales para para poder vivir de la conservación. Foto: Camilo A. Amaya G.

*Nota del editor: Esta cobertura periodística forma parte del proyecto “Derechos de la Amazonía en la mira: protección de los pueblos y los bosques”, una serie de artículos de investigación sobre la situación de la deforestación y de los delitos ambientales en Colombia financiada por la Iniciativa Internacional de Clima y Bosque de Noruega. Las decisiones editoriales se toman de manera independiente y no sobre la base del apoyo de los donantes.

Artículo publicado por thelma gomez
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